Desde el país más septentrional del mundo, cuya capital fría y a veces fastuosa se antoja lejanísima y casi inalcanzable, cinco finlandeses de nombres impronunciables decidieron embalsamar en una sola imagen el espíritu glamouroso, romántico y fatídico de la muerte. Vimos a HIM (acrónimo, según las malas lenguas, de His Infernal Majesty y surgido del libro "The Satanic Bible" de Anton LaVey) y comprobamos que el infierno sobre la tierra existe... y qué bien se siente.



Conocí a Migè Amour, bajista de HIM y pieza clave para comprender al fin cuál es el motivo de mi paso por este mundo ridículo y adorador de celebridades. Migè es el finlandés más elocuente, ameno, a veces tierno, parlanchín y sin duda extraordinario que he conocido, quizás porque -algo tiene qué significar- es el único finlandés que he conocido. Al menos el único con el que he hablado de viva voz y, no menos importante, incluso besado y estrechado con la emoción y presteza con que se fraterniza a un individuo que admiras profunda y cándidamente. Migè tomaba una cerveza Heineken -ahora sé: la favorita de los músicos famosos- y convivía con Seppo, su mánager, y algún miembro del staff cuyo nombre no menos bello debió ser Jukka, Paavo, Joonas o Erkki. Y el caso es que conversaban plácidamente cuando de subrepticio aparecimos seis individuos ataviados en peculiares y oscuros atuendos, dispuestos a hacer nuestro el sueño de conocer a Migè, hablar con él quizás, intercambiar algunas frases e inmortalizar el momento en pruebas físicas y sustentables: fotografías que jamás nos dejarían mentir sobre la invaluable suerte de quien camina por las calles de Polanco y de pronto reconoce a un tipo como Migè, texana en la cabeza, brazos desnudos y cálida sonrisa en abierto goce de un clima que le parece tropical comparado al suyo helado y ahora tan lejano.


Y sucedió. Migè fue nuestro y en los minutos transcurridos entre el repentino descubrimiento y la fugaz despedida pudo decirse que pisamos los bosques nevados, miramos la aurora boreal y empapamos las palabras en lagos que se pierden entre más lagos y se prolongan hasta el Golfo de Botnia y luego de regreso, convirtiendo la porción de tierra fragmentada por agua en la nación que engendró a Migè, y aún a HIM, y cuyo nombre nos parece sinónimo de lejanía y de distancia inconquistable. Finlandia, el país de los mil lagos (decenas de millares, en realidad) reducido ahora al fulgor de dos ojos azules y penetrantes, pero gentiles y hasta efusivos, que nos miran sin desdén ni sorpresa, que nos miran entre felices y tímidos, buscando una razón que explique el por qué de nuestra admiración hacia ellos y en general la existencia de esa línea entre admirador y admirado, escucha y músico, Migè y nosotros.

Sábado 26 de noviembre. 4 de la tarde. Kilómetro 133 de la autopista México-Querétaro. - Esperé durante una hora entera, pensando a ratos que alguna tragedia había sucedido, que pronto estaría de pie frente a HIM, que había sido olvidada y no llegaría a tiempo. En fin, permanecí sentada escuchando el Dark Light completo, la vista fija en la autopista e impaciente ya, después de haber desechado cientos de teorías pesimistas y poco alentadoras. Y de pronto apareció la van blanca por un costado y supe que mi momento había llegado. Al principio no reconocí a nadie y sentí un ligero temor: la expectativa y el absoluto desconocimiento de lo que vendrá. Pero en disposición completa -iremos a ver a HIM, lo demás poco importa- y sonriente, aventé mi mochila y busqué un lugar. Al fin dos caras conocidas: Fanny y Jorge. Me acomodo junto a ellos y me ofrecen un vaso de sangría (a drop of your blood tastes like wine...) y de manos pálidas recibo un cigarro. Un ambiente hospitalario y acorde a la situación, como es debido. Escuchamos a HIM -el Greatest Love Songs Vol. 666 en vivo, según recuerdo-, y mientras algunos cantan y otros tararean, hay quien prefiere la silenciosa contemplación del paisaje boscoso y a ratos sublime del Estado de México. No sé qué pienso: si en verdad lograremos enclavarnos al segundo concierto o si podré llevar a cabo mi secreto y risible plan de emprender la sinuosa ruta del Salón 21 al hotel El Presidente. Uní los cabos y resolví la sencilla ecuación: los hombres que conforman HIM (me refiero a Ville, Linde, Burton, Gas y -en efecto- Migè) se hospedarían en el hotel más cercano al foro donde tocarían esa misma noche. No se necesita gran astucia para resolver semejante misterio. De cualquier manera, el éxito anterior me daba la suficiente ventaja y no poco optimismo como para permanecer en un apacible y casi soporífero estado durante el trayecto entero, con la confianza de quien se cree poseedor de un as bajo la manga (¿conocer a HIM? No me sonaba tan descabellado). 
Soy desidiosa. Sé que he podido escribir esta historia desde el momento en que sucedió y, de hecho, visualicé cada momento como un párrafo más o un párrafo menos. Pero quizás he querido que los hechos maduren y se apoltronen a su debido tiempo en mi mente, que cobren vida con los días y que eventualmente se conviertan en indiscutibles recuerdos, ahora ya libres de ser manipulados por las palabras. ¿He de decir los pequeños detalles, las pausas, las paradas a media carretera, las risas y el indescriptible y casi agónico sentimiento de saberse ya tan cerca de HIM? Es increíble que un sábado a las cuatro de la tarde no conozcas a nadie y el domingo a media noche los consideres tus amigos, tus hermanos casi. Que las aventuras, los silencios, las esperas y el ahora enorme paréntesis de un fin de semana se conviertan en eslabones indestructibles de una experiencia -sí, una experiencia, cursi y reveladora- que marca tu adolescencia, tu fanatismo, tus idas y venidas de conciertos tumultuosos y profundos.

El señor de la van (leer “Ñor de la Van ” con acento francés, en caso de que se necesite un nombre instantáneo) fue condescendiente y afable en todo momento. Soportó la música atronadora -los gritos y los guitarrazos, quiero decir- con una endeble sonrisa; nos llevó, nos trajo, nos recogió e incluso accedió a dejar la cuenta no abonada en el momento preciso, con la tembleque promesa de que sería saldada en poco tiempo. Cuán equivocados estábamos y también qué ingenuos aún éramos de las prontos cercanías, las únicas que buscábamos: HIM y su música... y ellos sonrientes o taciturnos, pero cerca. Lo suficientemente cerca como para fotografiar a quienes nos parecen héroes (instantáneos) y han formado siempre parte de nuestras vidas; lejanamente, pero ahí al fin y al cabo.

We are the same
We are young and lost and so afraid
There’s no cure for the pain
No shelter from the rain
All our prayers seem to fail
Y los detalles sucedieron, como en todo trayecto y toda van transportando nueve individuos que, aparte de extravagantes, son fanáticos de HIM. No niego que me parece ligeramente cómico compartir este gusto con personas que no conozco y que cada eventualidad me parece tan nostálgica, como si ya no perteneciera a este tiempo. Pero todos ellos son tan afectuosos y al mismo tiempo tan indiferentes, que me parece que en algún punto de la noche comenzaremos a compartir las anécdotas y la euforia, que no estamos tan lejos unos de los otros.
Fanny y Kurt fotografiando uno al otro

Izquierda: Hilda. Derecha: Samael compartiendo los Churrumais
Vayamos al grano. Después de una parada en una gasolinería, tres cajetillas de cigarros y dos botellas de Viña Real, dimos con la dirección exacta. La recordaba vagamente, no el lugar en sí, sino la apariencia y las personas y los recovecos y algunos otras impresiones halagüeñas. Otros finlandeses y unos punketos, pero hoy sería HIM y de eso se trataba todo el asunto. Por supuesto que esperaba encontrar la más variopinta fauna congregada a las afueras del salón y con anterioridad tomé mis precauciones: vestimenta rojo catsup (no sangre) y ni un signo que pudiera confundirme con algo que no soy, aunque con el suficiente encaje para no sentirme como una extranjera en mi propio país. Las gothiqueces no se me dan, pero me agradan, por alguna extraña razón. Hay algo tan trágico y bello en esa estética que me seduce, pero no me atrapa del todo. En mi diccionario, gótico es sinónimo de arquitectura medieval y europea, no de un modo de vida y por eso me parece ridículo encumbrarlo con hostias y alharacas. Pero no me importa, naturalmente, y recibo con los brazos abiertos cualquier émulo de Edward Manos de Tijera, siempre y cuando su eterna pesadumbre no se convierta en un descarado peso sobre mis hombros.
≠
Y no me he equivocado, sólo que esta noche nos topamos con todo tipo de personas, lo cual está bien, está muy bien. Pero antes... el ineludible encuentro con el revendedor.
hay que pagar un precio...
600 pesos después y nueve boletos en total, estamos listos para entrar. La fila. Obstáculos a vencer en esta chabacana carrera por ver a HIM. Conversamos, hacemos bromas, nos saltamos unos lugares (¡trampa, trampa!), guardamos propaganda del concierto de Bauhaus (removido del World Trade Center, por razones más que evidentes) y en general no hacemos más que amenizar la de por sí tediosa espera. Uno va aprendiendo con el tiempo a asegurarse de sólo dos cosas importantes antes del inicio de un concierto: el boleto (que compré con suficiente antelación y después de una semana de trabajos forzados) bien resguardado en el bolsillo trasero y, ya adentro, la completa certeza de que la vejiga está cien por ciento vacía. Gajes del oficio, no menos importantes que elegir la indumentaria adecuada: cómoda y templada. Calzado alto, pero no molesto. Rostro despejado. Detalles nimios, pero de vital importancia una vez que sientes el tórax oprimido y la avalancha de empujones, golpes y pisotones tan característicos (y a veces tan anhelados).
¡Listo!
Sólo me importaba encontrar a Helena. Habiéndola conocido tres años atrás, me parecía perfectamente razonable que el destino se encargara de ponernos frente a frente, después de algunas ausencias, muchas conversaciones en dos idiomas, una Metal Hammer transatlántica y la promesa de ver a quien sólo conoces por un foro de internet, el HIMclub (que ahora me parecía tan lejano e ignorante de los avatares que nos sucedían: cuántas caras debían estar congregadas ahora). Al principio no pensé que fuera tan difícil; después de todo, el Salón 21 no es exactamente grande. Pero entramos y la gente se dispersó, los rincones se llenaron, la parte alta recibió a los que prefieren observar un concierto sentados en una mesa y bebiendo un martini o una cerveza helada en vaso escarchado, y pronto comprendí que encontrar a Helena no sería una empresa fácil. Recuerdo decirle a Fanny “mi misión es encontrar a Helena; avísame si la ves”. Ella sólo reía e inspeccionaba el lugar con ojos inquisidores. Los nueve nos separamos, a ratos encontrándonos en el baño, o en las esquinas, o al pie de la entrada, con la espera inquieta a flor de piel. Ensayamos algunas posibles tomas con la cámara fotográfica introducida de contrabando, comparamos el mejor lugar y el mejor flanco: izquierdo o derecho, etcétera. En medio era irremediablemente imposible: gente loca sin respeto por sus propios pulmones se había amontonado en la ya clásica posición aprieta-tripas, de la que no pocos desmayados sobreviven. En fin, la experiencia me había enseñado a buscar el mejor ángulo sin sacrificar mi salud.
<---es real
<--- exacta revista traída desde Europa, gracias a Helena
Ahora los nueve eran conocidos: mi grupo. Vengo con ellos, aunque trabajosamente recuerde sus nombres. Pero ya unos departen: Hilda y Kurt, pareja no poco andrógina que espera sentada junto a Fanny, Jorge y yo. Samael (¿acaso era el ángel que abandonó el Paraíso y traicionó su divinidad convirtiéndose en Satanás? No lo sé, es bíblico) y su prima Janet, de quince años y, según Fanny, doble de Gerard. Edgar y Alejandro, que deambulan alrededor de la pista y de ellos no se sabe nada. Pues aquí estamos, a punto de perder la civilidad y el buen gusto. Bienvenidos sean codazos y rodillas prestas a abrirnos espacio entre la multitud.
Poco a poco nos escurrimos entre la manada, sigilosamente, como quien no quiere la cosa. Ahora la valla está casi de frente y el escenario se impone a unos metros, inerme y hasta místico. El enorme Heartagram de tela, las guitarras reposando a un lado, el teclado pulcro y estático. Hombres del staff, ¿será que su aspecto escandinavo es de plano fácilmente reconocible o que quizás yo he inspeccionado su anatomía en incontables veces? El caso es que él (a quien nombraremos Mika por el puro y llano placer de compararlo con Mika Waltari y, evidentemente, con Migè y Burton) permanece de pie y recargado en una bocina, no mirando de frente a las gargantas profundas que sólo saben gritar HIM, HIM, HIM y que no se contentan con saber que esto de los gritos no sirve de nada cuando hay una hora específica para el inicio de un concierto (que en este caso era las 8 en punto y de la cual nos separaban ya breves minutos).
chaca chacán...
Cuando desaparece Mika... bueno, una señal debe ser. Si no, ¿qué otro sentido tendría este hermetismo y repentina ausencia? Me deslizo unos centímetros más, procurando por supuesto no molestar a los vecinos que pronto terminarán alucinando mis gritos y mi insoportable voz acompañando cada línea y cada frase.
Y las luces se apagan.
La oscuridad parece un empellón invisible que sacude a la multitud hacia delante. Miles de manos con los dedos abiertos y gritos ensordecedores que de pronto nublan la vista y el oído. Veo, entre humo y sombras, las siluetas de cinco tipos que se acomodan en cada extremo del escenario y recogen su instrumento. Una guitarra en solitario y las primeras notas de una canción que, aunque nueva, es HIM y se siente como HIM. Miles de voces corean Rip Out the Wings of a Butterfly, algunos acaso seducidos por los caprichos de la televisión por cable y la indudable influencia de la música introducida con calzador por Mtv. No me importa, lo aseguro. No soy seguidora ardiente que acepta sin recelo cada nuevo disco. No es una obra de arte, pero me gusta. Y es que me gusta HIM y estoy segura de que cada nuevo disco me gustará, quizás por costumbre, quizás por lealtad. Ya es parte inherente de mi vida, de mi historia. HIM no es una banda nueva ni improvisada y no han sido mágicamente presentados a América por gracia divina o por la misericordia de Bam (a quien no mencionaré más durante mi relato): cinco discos de estudio, compilaciones y más de quince sencillos que no prueban nada, y no pretenden demostrar nada a quienes cantan al hilo this endless mercy mile, we’re crawling side by side. Aún se siente como el viejo HIM, aquel metalero y hasta elegante, que apelaba a la sexualidad y sufrimiento desmedidos.

Fotos: Meridius (Alex)
Right Here in my Arms parece decir “esto siempre ha sido HIM”. En verdad, la tinta roja se corrió durante los coros susurrantes y entrañables que nos devolvieron la batuta a quienes siempre hemos seguido a HIM y recordamos la navaja y la tragedia, la sangre, el pecado y la muerte. Los símbolos que representan la antigua significación de una infernal y masculina majestad (o el Razorblade Romance con su portada rosada y el torso desnudo de Ville). Ahora sólo es HIM y basta. Basta con las canciones -clásicos innegables- de épocas pasadas y un Ville femenino y maquillado hasta la saciedad, sentado en su castillo de hielo y sufriendo en dosis refinadas y medidas (this happiness is killing her).

Ville es trágico e insinuante. E indiferente, casi esquivo. Oculta su rostro entre el micrófono y las manos blancas y largas, siempre inquietas. El gorro negro y la mirada perdida nos impiden observarlo de frente, adivinar sus expresiones, conquistar dos ojos verdes que de profundos atemorizan e intimidan. Desgarra su garganta y apenas lo escuchamos, pero la música es potente, sin parafernalia más allá de los propios acordes que tumban y retumban. Pienso “sí, esto es un concierto de rock”, sin desdeñar a los pasados ni reducirlos a meros recitales de musiquita agridulce. Pero suenan tan bien, lo juro. Dominan la música que tocan, quizás porque ello es su oficio y lo único en este mundo que tienen que hacer bien, pero es que lo hacen estúpidamente bien. No recuerdo emocionarme tanto con la potencia del metal gótico, género ya reducido a remembranzas preparatorianas y atisbos de adolescencia tardía. Pero HIM me transporta a esos lugares y me asesta el golpe mortal: perder la cordura con riffs exagerados y voces de ultratumba.

Su nuevo tatuaje: el rostro del poeta finlandés Timo K. Mukka
Y, naturalmente, la bomba explota al reconocer Soul on Fire. ¿Pensé que estaría en el repertorio? Desde luego que no. Pero me equivoqué -todos lo hicimos- en las predicciones al vapor. ¿Qué caso tiene construir un set-list de mentira mientras viajas de Querétaro al DF? Pensamos que serían correctos y recurrirían a los sencillos, a la preponderancia de Dark Light, a lo humanamente comprensible que compone a las giras. Pero no. There’s a flame that leads all souls ashtray. Somos como los muertos vivientes y sacrificamos todo lo que tenemos por un alma en llamas. Bonito, muy bonito, y además intenso. Linde oculta la fragilidad de su cuerpo con movimientos temerarios. Luce como un Bob Patiño rubio y seductor, y sus ya larguísimas rastas crean una barrera entre su entrega y la nuestra. Toca la guitarra con fuerza -la música emitida como prueba- y parece que sólo tamborilea los dedos rítmicamente. Sus hombros tersos se alargan delicadamente hasta sus manos, tan delgadas, tan pálidas, tan virtuosas y reservadas. Veo a Burton de espaldas -veo sus tenis converse color rojo- y el cadencioso movimiento de la pelvis y el tórax hacia el teclado. Creo que Burton es como un indio cherokee de sedoso cabello lacio, tan finlandés y al mismo tiempo tan hispano y moreno, tan atractivo. Lo veo lejano y sólo aprecio su rostro cuando se hinca para limpiar el sudor de la frente con una toalla –y remueve los lentes oscuros y pasa la tela por sus ojos– y de nuevo se levanta y desliza los dedos por las teclas y hace sonidos y efectos, como un silbido fantasmagórico y desaforado.
Fotos: Meridius (Alex)
Linde alguna vez tuvo el cabello lacio...
Todo un agreste...
Y Migè... es tan entregado e impetuoso. Es un auténtico desparpajo, gesticulador y danzante, vaquero de mentiras, músico de esos que te hacen sentir buena onda, que nada más verlo y te cae bien. Entre los recuerdos confusos, hay alguno, quizás revuelto y equivocado, en el que le doy un codazo a Fanny (¿todavía no nos perdíamos, como es la costumbre?) y le digo que Migè ha engordado. Comentarios superficiales, pero inocentes cuando realmente no te importa si la rehabilitación es poco atractiva o no. Es Migè, después de todo. Con él las cosas no se toman en serio, son trágicas pero con humor negro, son tristes pero ahogadas en risas. ¿Quién diría que sólo unas horas después estaríamos conversando con él, con todo el bochorno y la torpeza que te da ser un fan, pero felices por haberlo conocido? Ahora lo veía lejano, como producto de la casualidad o el error. No, mi plan se diluía lentamente en las aguas de la rectitud y la flojera. Mejor debía pensar el modo de conseguir el boleto para el concierto del día siguiente, y no perderme en divagaciones en torno a mi recién adquirida afición por conocer estrellas. Buen tema de conversación, pero no podía ir más allá.
Soy bonito, sí...

Otro inconveniente de elegir un costado determinado es no poder admirar con plenitud a todos los miembros de la banda. No si son cinco y se reparten en puntos cardinales poco vistosos. O sea que Gas Lipstick, fanático de Motörhead y el más propenso a aparecer en un huateque como el Ozzfest, me era a ratos inapreciable e incluso totalmente invisible, lo que calentó mis entrañas. Los pesos que uno se gasta y las penurias que soporta, para que al final sólo veas el borde de una bataca o alguno de los tres bombos con la H , I o M, según. ¿Qué le haría? Nada, pero al otro día observaría su cráneo desnudo de cerca -tan cerca que invitaría al tacto- y me alegraría de apreciarlo mejor casi al final (¡ambas veces!) cuando se levanta y hace reverencias al público que aplaude arrebatado. Gas es un tipo bastante tratable. Sí, lo sé a pesar de nunca haber intercambiado una palabra con él (pero le alcé una ceja y parte de la otra, y eso no se compra con nada...)
para el que lo dudara...

No me queda claro si HIM hizo famoso a Chris Isaac (alegato enfurecido de seguidor de Chris Isaac) o Chris Isaac hizo famoso a HIM (alegato enfurecido de seguidor de HIM), pero Wicked Game suena mejor con estribillos rockanroleros, por ridículo que esto suene. Lenta está muy bien, pero metalera sabe mejor (y es que el Greatest Love Songs Vol. 666 es un disco -irónico que sea el debut- con mucha influencia del metal noventero y las suficientes ínfulas góticas como para ser imprescindible). No es una sorpresa, pero es recibida cálida y efusivamente. Es una lástima que a ratos no se escuche la voz de Ville: pelea y lanza miradas fúricas al probable ingeniero de sonido, que debe permanecer apocado al otro lado. ¿Micrófono o problemas técnicos del lugar? ¿Voz de Ville o presunta borrachera? Dicen que balbuceó unas palabras en finlandés. En realidad lo dice Helena y he de confesar que al principio lo pensé también. Incluso recuerdo reflexionar que si el inglés no es su idioma natal, ni tampoco lo es del auditorio, entonces no tenía caso recurrir a él como medio de comunicación. De todos modos las diferencias culturales -e idiomáticas- eran patentes, ¿por qué no saludar y agradecer en su lengua, sopesando así la indiferencia o efusividad de quien lo escucha? Me parecería razonable que un mexicano, ya en el clímax de su presentación, dijera “gracias” a un público finlandés, indiferente para entonces de los formalismos del gastado “thank you Mecsico”. Por otro lado, los rumores indican que de veinte presentaciones, quince han tenido problemas de sonido, lo que resulta en suma sospechoso y hasta preocupante. Pero apelemos a las estadísticas y no a la inexistente mediocridad del Salón 21 que, afirmo por la experiencia, nunca ha sonado tan mal como hoy. Y no quiero culpar a HIM porque... porque no se me da la gana. No se me da la gana arruinar el júbilo y la sincera alegría de escucharlos en vivo. Así que, en lo que a mí concierne, ignoraré en lo sucesivo las fallas técnicas y me concentraré en las emociones y los títulos, las líneas, los párpados que se cierran de ensoñación, los discos y el raudal de recuerdos que traen consigo.

what a wicked thing to say: you never felt this way...