Marzo 01, 2006

Avisos Importantes

YA ME CAMBIÉ A BLOGSPOT.COM

LA NUEVA DIRECCIÓN ES (FAVOR DE VISITARME DE AHORA EN ADELANTE POR ACÁ):

http://islamediodia.blogspot.com/

Y LO ÚNICO NUEVO QUE HE PUBLICADO FUE LO SIGUIENTE:

Actualizaciones Rapiditas

En vista de que por aquí no pasa nada y para mis comprobados tres lectores (y no lo uso sarcásticamente como otros, robado -según creo- del columnista Catón, comiquísimo y proveniente del Reforma). Así que…

 (Sección autocomplaciente y autoaduladora)

Lo que me dijo un señor el otro día

Escena 1.- Interior. Día Son las siete treinta de la mañana y la secuencia transcurre en un café decorado con el más pulcro gusto y en el que nuestra protagonista trabaja de medio tiempo (lector dice, ceremoniosamente, “!Ah!” en abierta admiración de la Admirable Mujer). Es sábado y la personaja de la que hablaba se siente ligeramente… ¿cómo decirlo? Presa de una resaca fulminante. Sí. (Premio Nacional al Mejor Eufemismo Aplicado).

Señor Chistoso: Dame un americano, pero bien cargadito.

Lilián perpleja (al Señor Chistoso): Cómo no.

 Señor Chistoso: Oye, ¿Que tú eres del Líbano?

Lilián perpleja (más perpleja aún): No…

Señor Chistoso (más chistoso aún): ¿Tu mamá no es libanesa?

Lilián perpleja: No…

Señor Chistoso: Pareces libanesa.

Lilián perpleja (al borde de la perplejidad):

Señor Chistoso: ¿De dónde es tu mamá?

Lilián perpleja (con cara de estar a punto de decir algo muy interesante): Del Estado de México. De Polotitlán y ajúa.

Señor Chistoso:

Jefe Metiche: Oras, mi suegra ha de estar bien guapa.

Lilián perpleja (piensa): Oras, viejo raboverde…

Señor Chistoso: Sí, sí, pareces árabe o algo así.

Lilián perpleja: Pos no, nada de eso.

Después

Lilián perpleja (reflexiona): Maldita sea, creo que debo sentirme muy, pero que muy ofendida…

Kamel Nacif Borge, el maldito mil veces maldito libanés

Es más malo que el pan (mi deficiente habilidad photoshopera)

Un mundo te vigila

La otra vez estaba en el baño de la escuela maldiciendo, como de costumbre, mi subversiva cabellera. Subrepticiamente apareciose una muchachona de buenos modos que procedió a cepillar su larga melena. A punto de irme, la joven me increpó:

- ¿Tú eres la fan de Interpol?

La miro sorprendida.

- Oras… sí, pos soy yo. ¿Cómo… cómo sabes? (luego pienso algo que sucedió hace algún tiempo con cierta chamaca extraña de la facultá). Ah, ¿tú eres de primero?

 - De segundo –aclara. Sí tú, de segundo semestre. O sea, primer año: ¡lúcer!

- Ah ya. ¿Y cómo supiste?

- Oh –dice ella, muy críptica– Un mundo te vigila…

- … (nótese que los puntos suspensivos indican perplejidad del receptor, así como “chale, no entendí” o “chale, eso que dices está como muy raro”)

- Por cierto, está chido tu cabello.

- … (pausa larga). Pus… ¿gracias? Digo, gracias gracias.

- De qué.

Y se va.

Fin (su servilleta piensa que el mundo está lleno de locos y maniáticos. Quién sabe, igual la aludida planea secuestrarme o de perdis bajarme una lana. Eso de que “un mundo te vigila” está harto enfermo y mejor yo tomo mis precauciones: ¡no entraré de nuevo al baño… nunca!)

Misteriosísima y Ambigua Reseña Discográfica

Ya escuché el nuevo disco de Placebo, Meds. Lo hice y quizás soy de las primeras personas de la ciudá, el país y el mundo en escucharlo. (alguien aclara la garganta al fondo de la sala; parece que se burlan de lo que digo, pero no estoy segura). El novio de mi amiga Nidia, con quien trabajo, lo bajó completito del Ares. Llegó una tarde muy misteriosona y lo puso. Al principio dije "oh... Placebo". Indudablemente Placebo. Los reconozco tan bien. ¿Canción nueva? ¿Canción que no he escuchado? Y luego lo supe. Fue una epifanía llegadora.

El disco sale a la venta el lunes 13 de marzo. No quiero arruinar la sorpresa a nadie, así que no diré a qué sabe y cómo huele. Lo escuché durante tres días sin interrupción: la adicción es fulminante. Insisto, no describiré el sonido.

Puedo, sin embargo, dejar una imagen parecida a lo que vendrá:

Luego, un lunes, me despedí de él. Prometí no escucharlo sino hasta que lo compre en su paquetito de celofán y nuevecito como debe ser. Los días que he pasado en ayuno me han parecido (¡ay!) eternos e insufribles. Pero aún recuerdo pedazos perdidos en la memoria, como aquella línea (de cuya canción no hablaré) que me pareció tan poética e indescifrable:

it's in the special way we fuck

Lo cual invita a la reflexión y el análisis profundo. Otra frase en la misma canción (insisto, no revelaré el título) me recordó a una vieja canción de los Echo & the Bunnymen que se llama "Back of love". Y B. Molko los desafía:

I'd break the back of love for you

¡Lo añoro!

Posted by Lilián at 23:00:12 | Permanent Link | Comments (2) |

Febrero 07, 2006

Suomi Parte II

En el capítulo anterior, nuestra narradora relató las vicisitudes de nueve enardecidos seguidores de aquella banda gótica y finlandesa (finlandesa, ante todo), HIM. Después de encontrarse con uno de los integrantes (el inigualable Migè Amour, bajista y bufón oficial de la agrupación) en el simpatiquísimo café-bar Karicias, nuestros personajos centrales se dirigen al ansiado segundo concierto de HIM en México, un domingo por la tarde en el forito musical Salón 21. 

(Segunda parte de una primera que fue beligerantemente cortada de tajo por los siniestros y poco escrupulosos dueños de la plataforma -odiadísima- de Blog punto com)

El Segundo Concierto

No es imposible suspender el tiempo y convertir los diez metros que te separan de la tarima en el aleph a través del cual miras el mundo entero. Cada esquina, cada café parisiense, cada selva lacandona, cada páramo ártico y playa inexplorada y ciudad gris y cada persona, cada deseo particular y a veces incómodo y a veces cumplido, como el de hoy. No es imposible que la vida quepa en una superficie tan reducida y oscura, y sin embargo, capaz de encerrar todos los puntos del mundo en uno solo, disponible y tan cerca. Cerca, porque me aferraba a la valla y observaba entre el gentío sus figuras de nuevo encumbradas y por ello adoradas. Es un placer darse el gusto de disfrutar un concierto sin esperar nada a cambio. Quizás porque no te importa, quizás porque la noche anterior ya sufriste lo necesario. Ahora puedes abandonarte a la llana contemplación del espectáculo sencillo y estruendoso de la música y los momentos y los codazos y los murmullos y el hecho de hablar con un extraño y decirle “¡conocí a Migè!”, mientras te mira extrañado y se pregunta por qué le dices esa clase de cosas. Pues eso. No esperar nada. La clave para encontrar un aleph en el sitio más inverosímil del planeta.

 

Ahora sabía por qué anoche había perdido el aliento y la voz y la energía necesaria para gritarle las canciones en el oído a una tipa que me mira con desdén, incómoda por recibir en su cuerpo frágil y enclenque los catorrazos de otros furibundos que, como yo, se lanzan sin conciencia hacia el vacío. Es el cigarro.

 El enemigo silencioso que en una tarde me roba el ímpetu para martirizar las cuerdas bucales. Es el cigarro, enemigo menospreciado al que no profeso más que franca indiferencia. Lo aspiro si me lo entregan, pero es usual que en lugar de ello lo rechace tajantemente. ¿Por qué, si conozco de mis facultades interpretativas (deficientes), lo acepto como si su presencia no hiciera más que ejercitar los labios y los dedos? Pero hoy me alejé de él y del imborrable recuerdo de que por su culpa yo tema a diario de muerte y cáncer y enfermedad. Y canté. Canté con los pulmones lozanos y frescos, libres de su maldita nicotina. Canté, no porque supiera lo que vendría, sino porque me provocaba cantar y cantar, aún a costa de la visible desgracia de los que me rodeaban. Permanecí consciente de mi entorno, del foro vestido de negro y repentinamente iluminado, de los rítmicos gritos que seguían la voz de Ville, ahogada por nuestros cánticos grotescos. Lo miré en perspectiva. De pronto recordé que había conquistado el sueño de mi adolescencia y que verlos en vivo escribía el transcurso de la vida en un capítulo diferente, ¿pero qué páginas tremebundas e insoportables me aguardarían?

 

Reconozco que cuatro años merman la impostergable necesidad de mirar lo que esa noche miré y escuché. No he comprendido si fue mejor así o, en efecto, llegaron muy tarde (aunque no demasiado tarde). Supongo que después de haber descubierto lo que para entonces me era inexplicable dotó las circunstancias de un inevitable matiz grisáceo y poco divertido. Tampoco es que pudiera rechazar la oferta de ver cumplido mi deseo de juventud. Cuatro años y al fin estoy aquí. Qué indescifrable es la vida. Nunca pensé que pudiera ser posible vivir las experiencias a destiempo: perder los dientes en la senilidad, abandonar la inocencia en la niñez, despreciar la vida en la juventud... ver a HIM hoy, cuando acaso he abandonado por completo la fascinación por su muerte y su tumba y su sacramento fiel y duradero. Me convertí en uno de esos ateos incongruentes que se persignan antes de tomar carretera. Ya no puedo creerme eso de que resucitaría a cambio de un veneno, pero cómo he aceptado este designio de ser hereje y permanecer ahí, siempre a su lado. Siempre buscando las llagas que no encuentro en otros parajes. Desde el principio he sido fiel al clérigo apócrifo que es Ville, cuyas historias ya no encuentro coherentes, pero aún adictivas e indispensables. Ya ni siquiera deseo librarme del peso de explicar por qué me gustan y por qué planeo profesar más insana devoción durante los océanos del tiempo. Y es que, como todo aquello que desvía el camino por la ruta verdadera, ellos me hicieron descubrir lo que incluso hoy veo como la revelación absoluta. No concebiría una vida sin ellos, sin la certeza de que hay un suelo que me espera, que es lo más lejos que podría encontrar dadas las circunstancias, que nada de lo que sé me servirá allá. Que por ellos tuve el privilegio de conocer lo que no sabía, de mirar la cara de quien me parecía improbable o inexistente, descubrir tierras diferentes a la mía y observar en sus castillos y sus puentes y sus paisajes las auroras boreales que nunca veré aquí. Porque me recuerdan a la Navidad , que no es más que ese recuerdo abstracto de lo que solía significar la felicidad absoluta y la creencia de lo increíble, de lo más puro y bello y ajeno a lo humano.

 

 

 

Me dejé llevar con la noche. Aún conservaba mis expectativas anteriores (encontrar a Helena, avanzar un metro más, alcanzar el escenario), pero ya me parecían asuntos aplazables y hasta probables si les daba tiempo de madurar. Escuché a Ville decir en ese inglés grave y cavernoso que escuchó quejas y reclamos por haber omitido por completo al Deep Shadows & Brilliant Highlights. Y tocaron Heartache Every Moment e In Joy & Sorrow, complaciendo a quienes no encontramos ese álbum tan deficiente y maleable. De hecho lo escucho y me miro de nuevo acostada en mi cama, sufriendo irracionalmente y pensando que no había poema que describiera mejor la desolación del que no ha visto más allá de su nariz y por eso lo encuentra todo tan trágico y deprimente.

In joy and sorrow my home's in your arms
in world so hollow
it is breaking my heart

 

 

 

 

Complacieron. Es la palabra adecuada. Soltaron un poco las ataduras del guión y dejaron que la intuición los guiara. Miles de gargantas los recibieron y creo que ahora eran las legítimas, las que no podían darse el gusto de derrochar en un caprichito y si estaban allí era porque ahí es donde debían estar. Y HIM lo comprendió, tocando para ellos, para las memorias que no mueren, que no abandonan, que no dejan pasar los años sin su presencia. Tres años después y, a pesar de las eventualidades, siguen ahí. Fieles. Porque esperaríamos tres siglos por verlos de nuevo, por regresar al Salón 21 y celebrar el eterno día de muertos con ellos. Vi rostros conocidos de nuevo: el darkie con pupilente izquierdo completamente blanco, la rubia de medias rayadas (había cambiado la combinación: hoy era morado y negro), los amigos graduados de secundaria apenas y dispuestos a ganar la bataca hoy; los meseros, el barman, la señora tejedora (a cuyo costado yace una Coca-Cola irresistiblísima), la mujer del baño, la mujer de la esquina, la mujer de la entrada y los hombres, cientos de hombres. Regresaron. Descubro que millares regresaron. Hemos sido enganchados por la seducción de una sola noche que prometió el cielo y nos regaló el universo. Porque entras a la secta y ya no hay modo de escapar.

 

 

 

Admiré mejor las facciones de todos ellos, mortales que no tenían más de una hora bebiendo cerveza en backstage y salían a tocar música, hacer lo suyo, impresionarnos con su oficio. Después regresarían al hotel quizás, beberían vino o licor barato y dormirían con la impresión de que ése había sido un día bastante aceptable e incluso poco rutinario (al fin Latinoamérica después de tres años y no sólo eso: México y sus mariachis y sus venganzas de Moctezuma). Pensarían que es bueno tocar en una banda y tener la oportunidad de estar cada noche frente a miles de rostros que los miran con arrebato. Que la comida estuvo bien, que quizás mañana se levantarían temprano y el trayecto al aeropuerto sería eterno y el vuelo sería cansado y tedioso. Que Finlandia no es el fin del mundo, sino lo que ellos suelen llamar hogar.

Pero no puedo recordar la cara de todos los que estuvimos ahí y seguramente no nos iríamos a la cama pensando que había sido un buen día, que mañana continuaríamos con nuestra rutina del modo más ordinario, que en un mes todo serían atisbos de una noche alocada y un concierto estupendo. No puedo aceptar que todos saldremos al frío de la noche y caminaremos entre los puestos y elegiremos nuestro próximo destino, y regresaremos a nuestras casas y ahí, acostados en la penumbra, pensaremos que estuvo bien. No puede ser. Porque algunos apartaremos esa noche de entre miles y seremos lo suficientemente meticulosos como para dedicarle casi treinta cuartillas al suceso... y aún pensaremos que no es suficiente.

 

 

 

 

Y encontré a Helena. Después terminó todo, coreamos Solitary Man (una agradable sorpresa) e intuimos que la rapidez con que empalmaban cada canción con la siguiente no podría significar sino más de veinte canciones en un periodo corto y ágil. Prendieron las luces y me sentí feliz, aunque siempre suelo desear más. Comprendí que había sido suficiente mirar a Migè de nuevo (la misma camiseta y los mismos pantalones gastados, la misma mueca y entrega en el escenario; la sensación de que un lazo invisible nos unía a él y que daría suficiente como para escribir libros enteros sobre ello), corear las mismas canciones que ayer y las nuevas que no esperaba, estar al pendiente de cada detalle y cada cambio, y observarlos a ellos y ahora sentirlos como mis prójimos y Dios dice que debo amarlos y por eso los amo. Se prendieron las luces y me paseé por el lugar, reparando en la duela brillante, en la alfombra azul índigo que de seguro debió amortiguar miles de caídas, en las luces neón y el bar, en el sitio que ahora conocía más y sin dejar pasar intervalos de meses entre cada visita, sino 24 sosas horas, en las que viviría de todo.

 

Encontré a Jorge y Fanny y caminamos hacia la salida. Me retrasé inclinada por algún misterioso motivo y dos tipos se me acercaron y me preguntaron por qué había durado tan poco el concierto. Les expliqué que había empezado a las siete en punto y que en total habría sido una hora y media, poco más. Se miraron extrañados: habían llegado muy tarde al salón, en medio de Join Me in Death, que debió ser la quinta o sexta canción del repertorio. Recordé a las Norteñitas con sus desperdiciados Privilegios: nadie puede negarte la entrada al recinto a la hora que se te antoje; al fin y al cabo no es una obra de teatro. Pudieron estar incluso más cerca que nosotros de los HIM y en cambio prefirieron ahogar las horas formadas en una fila kilométrica. El destino es curioso. ¿Creo en las coincidencias? No estoy segura, pero de no haber sido por esos dos tipos, jamás habría visto a Helena. Al hablar con ellos permanecí unos minutos más en el recinto (minutos decisivos) y al buscar con la mirada a Fanny y Jorge –que ya merodeaban por los puestos, afuera– reconocí de pronto una cara que me pareció familiar. No era Helena, sino Alejandro, su compañero de conciertos y miembro honorario del consabido HIMclub. No sé como lo reconocí: quizás porque semanas antes había observado fotos de ellos posando con los de 69 Eyes (finlandeses como debieron ser) mientras leía reseñas del Live & Louder Rock Fezt en el sitio de internet mencionado. Así que me acerqué, un poco incrédula al principio. Pero reconocí sus ojos grises y una cierta perspectiva en tercera dimensión de lo que antes sólo eran imágenes digitales en mi computadora.

-         ¿Helena? –pregunté, entre entusiasta y temerosa.

Me miró asombrada.

-         Lilián. Soy Lilián, del HIMclub.

Sus enormes ojos se abrieron en una clara señal de reconocimiento. Y así fue.

 

Lo demás fue hablar de la casualidad de habernos encontrado de entre tanta gente, de cómo había logrado reconocerla, de cuántos días llevaba en el D.F. a causa de un congreso. Y luego vino la parte sombría: comentaron que a ambos les había parecido mediocre y decepcionante el concierto: el sonido fue pésimo y la voz de Ville no se escuchó en lo absoluto. Ambos tuvieron la suerte de asistir al Festival Oscuro en el 2002 (donde se conocieron) y por lo tanto contaban con un parámetro fiable para juzgar el concierto de esa noche. No quise creer lo que escuchaba. A mí me pareció genial, pero supongo que sus opiniones contaban con suficiente sustento. Fue extraño, dijeron y recuerdo haber pensado que, en efecto, lo había sido. Porque quizás de haberlos visto en el 2002 habría consagrado mi vida al culto de la oscuridad y la sangre y el dolor, y en cambio hoy sólo me alegraba por verlos al fin, a mis casi veinte años. Pero fue bueno, después de todo. Ambos estuvieron en fila cero y no podían creer la cercanía con ellos (para Helena, la cuarta vez en tres años). La aventura con Migè fue también tema vasto de conversación e incluso una inminente invitación a imitar nuestras acechadoras acciones. Luego conocí a sus amigos poblanos, escribió su número telefónico en mi brazo y prometimos encontrarnos pronto. El fin.

              Helena---->  ¿Quién conoció a Ville Valo?

 

 

Hay una razón detrás de todo, según las probabilidades. No podría afirmar cabalmente lo anterior, pero la sucesión de los hechos de ese fin de semana me hace creer que incluso las decisiones nimias fueron cruciales en la acomodación de las cartas astrales y el destino y el azar y -ante todo- la suerte. A la salida nos encontramos con Edgar y Alejandro, que habían logrado obtener imágenes inigualables de la van que los transportaba, a todos ellos. A HIM. Habían estado tan cerca como nosotros y en las pruebas se apoyaban. Nos mirábamos con estupefacción y chocábamos las palmas felices y escépticos de haberlo logrado. Nos topamos con otros paisanos que habían logrado atrapar una colilla del cigarro de Ville, un pedazo de las decenas de latas de Red Bull que se bebió durante ambos conciertos, una uñilla, cualquier baratija que sirviera de recuerdo y trofeo. Pero no podía ver eso: en su lugar observaba la sonrisa geométrica de Migè y sus ojos azules y enormes. No lograba recordar la conversación en su totalidad (no lo haría sino hasta días después), pero sabía de manera intuitiva que había sido cabronamente genial. Y sólo eso sabía. Éso y el descaro que tanto Jorge como yo tuvimos de comprarnos una playera y malgastar el dinero que debía ser para el señor de la van, quien para entonces ya nos esperaba frente al antro gay y nos preguntaba contento sobre nuestra noche. No teníamos las agallas para explicarle la situación, pero pronto no tendríamos opción alguna.

 

+=tesoro

 

En pleno Periférico solicitó amablemente el resto del dinero y sentimos todos las vísceras contraerse. Se detuvo en un Oxxo y todos bajaron de un brinco, quedándonos sólo Jorge y yo con el peso encima. Lo abordamos de la forma más natural y explicamos que teníamos en mente llevar dieciséis individuos al concierto desde un principio, y no sólo los ocho que quedábamos. Las matemáticas (milagrosamente) no mentían: el dinero faltante correspondía a los ocho pasajeros fantasma. Lucíamos auténticamente preocupados y el Ñor de la Van comprendió ecuánimemente nuestra situación, recomendándonos prevenir incidentes como ése en el futuro. Aceptó esperar la suma acordada y sonrió indulgente: en ese momento se convirtió en nuestro héroe. Él pagaría de su propio bolsillo las casetas y la gasolina faltante. Luego hablé con él sobre mi pueblo, los quesos típicos, los Bárcena y otras familias y después dijo que si quería comprar algo en el Oxxo, me sintiera libre. En realidad no tenía un peso en el bolsillo, pero acepté la oferta. Adentro esperaban todos sentados a la mesa y compartiendo una Coca-Cola de lata (de la que, como ellos, también eché mano). Compré unos chicles y, antes de salir, advertí una pila de periódicos en una mesa. Me acerqué sigilosamente y revolví el suplemento de espectáculos del Reforma. Y ahí, en alguna plana interior, lucía discreta una nota sobre HIM y la entrevista llevada a cabo desde “conocido hotel de Polanco”. Así que no mentían: las decenas de fanáticos reunidas a las afueras del Presidente se habían apoyado en información facilona y accesible. Pero triunfamos. Nos apoyamos en mis suposiciones facilonas y susceptibles al fracaso... y triunfamos. Ya nada diría el Reforma que no supiéramos.

 

 

 

 

El regreso fue surreal, como todo lo extraordinario que termina en pausa y vaguedad. Después de breves conversaciones acerca de lo ocurrido y haber contemplado cada quien su instantánea con Migè, nos entregamos todos a un incómodo y pesado sueño. La cabeza recargada en el hombro de Samael y el silbido monótono de las llantas contra el asfalto, pensé entre sueños que había sido un fin de semana excepcional. ¿Cuánto faltaría para llegar a Finlandia? Y comer  karjalan piirakat en el día nacional de la bandera, y rechazar las charlas triviales si no es a través de un Nokia típicamente originario de Nokia, a no más de cincuenta kilómetros de Tampere. Y bañarse en un sauna, con la vergüenza y pudor del extranjero que no puede desnudarse frente a los demás. Y tomar vodka a media mañana, preguntándose qué tiene este país de sorprendente que incluso su idioma se antoja volátil y extrañísimo, pero hermoso. Me descubro pensando en Finlandia con bastante frecuencia, imaginando una vida entre los lagos y las ciudades de arquitecturas encontradas: minimalista y rusa y neoclásica y no menos gótica en ciertas esquinas. Debe ser el castellano para Suomen Tasavalta (o el nombre corto, Suomi), que en la raíz misma indica el absoluto fin del mundo. Fin-landia. Ahí debe encontrarse el límite de los continentes y la frontera con lo metafísico: no debe ser mentira, dado el paisaje irreal de imperecedera nieve blanca y un cielo blanco que, en lo profundo de Laponia, permanece iluminado por seis meses consecutivos. Ahí deben habitar los dioses helados, los descendientes de Odín y de Jord y de Thor y de Frigg, los milagros ocultos que en el trópico no conocemos, el vértice del polo y un punto preciso en que, a donde quiera que mires, sólo verás el sur... 

 

 

 

La catedral Luterana, el mercado principal y algunos edificios de la calle Pohjoisesplanadi

 

 

 

calle habitual en el centro de Helsinki

 

 

el típico sauna es completamente desnudo

 

Y de nuevo caminamos por las estrechas calles del centro histórico de Querétaro, en plena madrugada y después de haber abrazado a nuestros compañeros de viaje y haber prometido un reencuentro, sonrientes y exhaustos y felices, increíblemente felices. Atrás del Cineteatro Rosalío Solano comenzó el final de la aventura: los hechos se convierten en memorias recientes y sólo queda la remembranza, el escepticismo, las palabras entrecortadas que repiten, amilanadas por el frío, “¡conocimos a Migè!”. Y darse cuenta que por fin vimos a His Infernal Majesty: un plan fraguado años atrás, pero impedido por las circunstancias adversas de la vida:  en un fin de semana casual se materializó, como el repentino descubrimiento de una mariposa recién despedida de su condición de gusano. Y el gusano duró años.

Pero acaso las dos noches significaron más. Migè fue el primero de cuya voz comprobé la gravedad del idioma, pero las decenas de voces ahogadas por las letras aún permanecen confinadas en sus murallas de papel. ¿Finlandia aguarda? Sólo HIM lo sabe...

 

 

 

 

 

 

Aclaraciones Oportunas:

 

 

 

·        El relato ha sido editado por razones tanto literarias como culturales. Toda historia verdadera se convierte en ficción, una vez traspasada la línea del recuerdo y la construcción puntual de los hechos. ¿He ocultado detalles? Desde luego que sí, como toda narración basada en un hecho real...

·        En realidad Migè no tomaba Heineken, sino Canada Dry. Producto de la confusión y la memoria subliminal, he colocado en sus labios una bebida que me parece mucho más categórica y rockera que un refresquito sabor petulante Ginger-Ale.

  Migè prefiere

 

·        Reforma no es un periodiquete de segunda, como he afirmado en oraciones anteriores. El epíteto surgió del colérico sentimiento que devino como reacción lógica a lo que me pareció una afrenta personal: el suplemento Gente! puede escapar campechanamente de la opinión que yo mantengo del Reforma: un periódico respetable que leo a diario.

                        Lilián prefiere 

             Bueno, en realidad prefiere

·        El Presidente Intercontinental ha perdido cierto prestigio a causa de un incidente evidentemente homofóbico suscitado en Los Cabos, Baja California. De saberlo, ¿habrían permitido que el (aunque casado en ritual sui generis) sexualmente ambiguo Ville Valo se hospedara en su hotelito de moral intachable?

        Los gays no prefieren  

  •  El pasado domingo 29 de enero, Tarja Halonen, presidenta por el Partido Social Demócracta de Izquierda, fue reelegida para gobernar por seis años más en Finlandia. El candidato conservador, Sauli Niinisto, no pudo aguantarse las ganas de mentarle su madre a la flamante Presidenta de la Nación. Ni modines: nadie quiere a los losers.

Finlandia prefiere

 nadie quiere al

  • En caso de que alguien se lo preguntara, los verdaderos nombres de los cinco finlandeses más extraordinarios (según yo y a excepción dada, naturalmente, de Mika Waltari) son:
  • Ville Hermanni Valo
  • Mikko Paananen (Migè Amour)
  • Mikko Lindström (Linde)
  • Mika Karppinen (Gas Lipstick)
  • Janne Puurtinen (Emerson Burton)

Conclusión: Mika y Mikko son como el Juanito y el Pepito de este lado del charco...

Todo el mundo adora a  Mika Waltari

  • Nadie hubiera pensado que este lindo niñito:  terminaría convertido en este hombre:
  • La afortunada Joanna:
  • Aunque a ver si ella le limpia el depa:
  • Sí, Juliette Lewis participó como la modelo del video Buried Alive by Love. El director fue el pelele que observan a la derecha: Y la bebida que los mantuvo despiertos durante el rodeaje fue (sí, adivinaron):

 

  • Insisto en que deberían buscarse una mejor clase de amigos. Alguien de su altura, vaya...

el tipo que canta en The Bloodhound Gang

o copias al carbón...

¿algo así?

Porque en HIM hay amor. Harto.

  • Natural en el individuo es despreciar a los esperpentos que, a simple vista, parecen (y, por ende, constituyen) el cáncer de la sociedad:
  • Fotografías de su visita a las pirámides de Teotihuacán, tres años atrás:¡Y ajúa!

 

  • Agradecimientos Generales: a todos los implicados en la aventura (Fanny, Jorge, Kurt, Hilda, Samael, Janet, Edgar, Alejandro y el Ñor de la van), a las hospitalarias señoritas que nos brindaron alojo (Yeca, Gina y Diana), a Helena y Alex por la casualidad de habernos encontrado entre tanta gente, a las personas con quienes departí durante el fin de semana y cuyos rostros -aunque olvide sus nombres, quizás- permanecerán siempre vivos en mi memoria (ay sí), a Sanya del HIMclub, a Paulina Méndez, a todos los que contribuyeron con imágenes para la realización de este colosal tratado, a George Lucas por haber creado Star Wars, a m familia y amigos por su admirable paciencia, a Alá por permitirme ser politeísta seguidora de sus enseñanzas y a los sujetos de HIM: sin ustedes no hubiera sido posible (y lo digo literalmente).

             

Posted by Lilián at 19:46:05 | Permanent Link | Comments (10) |

La última y nos vamos

Y literalmente. Lo digo literalmente, con todas sus letrotas. Blog punto com ya cayó de mi gracia al fin y de una vez por todas. He sufrido lo indecible con su maldita interfaz, su pobre apariencia, su imposibilidad para integrar links, archivos decentes y hasta agregados como tagboard y perfil dos tres vistoso. Pero hoy sí se pasaron de la raya. Me borraron medio post (nótese que en el presente texto he introducido más de tres expresiones gringuetas que, honestamente, me molestan en lo profundo de mi mexicanísimo y leal al español mexicano ser... pero no he tenido de otra). Así que iba en que... me borraron medio post. Sí, con todas sus fotos, sus ediciones y sus elocuentes expresiones ya jamás recuperables (¿?) por un ser mortal. Se llevaron todo mi ser con ese medio post (y no cualquier post, sino El Post Más Largo Jamás Publicado En Un Blogsete De Tercera -o Cuarta-). Todo un mes de dedicación constante se fue al carajo.

Adiós.

*Nota: Pero soy perseverante y el texto me interesa lo suficiente como para publicarlo de nuevo, no por mí... sino por aquellos cuya vida entera estaba consagrada a las letras dedicadas a HIM...  Neta.

**Nota 2: Sólo falta que este mugre texto escrito al vapor antes de una clase que ya temo aburridísima e insufrible se borre como por arte de magia también. En dado caso, iría al tocador de señoritas a llorar amargamente... Neta.

***Nota 3: Dios (Alá, como todos saben) me bendiga por ser tan paciente y magnánima. No cualquiera se toma con filosofía (y algo de gracia) semejante tragedia.

***Nota 4: Te maldigo Alá...

 Actualización Reciente De Último Momento a Última Hora: Nos mudamos a Blogspot, chingá. No nos quedó de otra, sniff. Los lectores aclaman:

Posted by Lilián at 17:52:25 | Permanent Link | Comments (7) |

Enero 31, 2006

Suomi mon amour

 

Desde el país más septentrional del mundo, cuya capital fría y a veces fastuosa se antoja lejanísima y casi inalcanzable, cinco finlandeses de nombres impronunciables decidieron embalsamar en una sola imagen el espíritu glamouroso, romántico y fatídico de la muerte. Vimos a HIM (acrónimo, según las malas lenguas, de His Infernal Majesty y surgido del libro "The Satanic Bible" de Anton LaVey) y comprobamos que el infierno sobre la tierra existe... y qué bien se siente.

 

          

Conocí a Migè Amour, bajista de HIM y pieza clave para comprender al fin cuál es el motivo de mi paso por este mundo ridículo y adorador de celebridades. Migè es el finlandés más elocuente, ameno, a veces tierno, parlanchín y sin duda extraordinario que he conocido, quizás porque -algo tiene qué significar- es el único finlandés que he conocido. Al menos el único con el que he hablado de viva voz y, no menos importante, incluso besado y estrechado con la emoción y presteza con que se fraterniza a un individuo que admiras profunda y cándidamente. Migè tomaba una cerveza Heineken -ahora sé: la favorita de los músicos famosos- y convivía con Seppo, su mánager, y algún  miembro del staff cuyo nombre no menos bello debió ser Jukka, Paavo, Joonas o Erkki. Y el caso es que conversaban plácidamente cuando de subrepticio aparecimos seis individuos ataviados en peculiares y oscuros atuendos, dispuestos a hacer nuestro el sueño de conocer a Migè, hablar con él quizás, intercambiar algunas frases e inmortalizar el momento en pruebas físicas y sustentables: fotografías que jamás nos dejarían mentir sobre la invaluable suerte de quien camina por las calles de Polanco y de pronto reconoce a un tipo como Migè, texana en la cabeza, brazos desnudos y cálida sonrisa en abierto goce de un clima que le parece tropical comparado al suyo helado y ahora tan lejano.

 

Y sucedió. Migè fue nuestro y en los minutos transcurridos entre el repentino descubrimiento y la fugaz despedida pudo decirse que pisamos los bosques nevados, miramos la aurora boreal y empapamos las palabras en lagos que se pierden entre más lagos y se prolongan hasta el Golfo de Botnia y luego de regreso, convirtiendo la porción de tierra fragmentada por agua en la nación que engendró a Migè, y aún a HIM, y cuyo nombre nos parece sinónimo de lejanía y de distancia inconquistable. Finlandia, el país de los mil lagos (decenas de millares, en realidad) reducido ahora al fulgor de dos ojos azules y penetrantes, pero gentiles y hasta efusivos, que nos miran sin desdén ni sorpresa, que nos miran entre felices y tímidos, buscando una razón que explique el por qué de nuestra admiración hacia ellos y en general la existencia de esa línea entre admirador y admirado, escucha y músico, Migè y nosotros.

 

 


 

 

 

Sábado 26 de noviembre. 4 de la tarde. Kilómetro 133 de la autopista México-Querétaro. - Esperé durante una hora entera, pensando a ratos que alguna tragedia había sucedido, que pronto estaría de pie frente a HIM, que había sido olvidada y no llegaría a tiempo. En fin, permanecí sentada escuchando el Dark Light  completo, la vista fija en la autopista e impaciente ya, después de haber desechado cientos de teorías pesimistas y poco alentadoras. Y de pronto apareció la van blanca por un costado y supe que mi momento había llegado. Al principio no reconocí a nadie y sentí un ligero temor: la expectativa y el absoluto desconocimiento de lo que vendrá. Pero en disposición completa -iremos a ver a HIM, lo demás poco importa- y sonriente, aventé mi mochila y busqué un lugar. Al fin dos caras conocidas: Fanny y Jorge. Me acomodo junto a ellos y me ofrecen un vaso de sangría (a drop of your blood tastes like wine...) y de manos pálidas recibo un cigarro. Un ambiente hospitalario y acorde a la situación, como es debido. Escuchamos a HIM -el Greatest Love Songs Vol. 666 en vivo, según recuerdo-, y mientras algunos cantan y otros tararean, hay quien prefiere la silenciosa contemplación del paisaje boscoso y a ratos sublime del Estado de México. No sé qué pienso: si en verdad lograremos enclavarnos al segundo concierto o si podré llevar a cabo mi secreto y risible plan de emprender la sinuosa ruta del Salón 21 al hotel El Presidente. Uní los cabos y resolví la sencilla ecuación: los hombres que conforman HIM (me refiero a Ville, Linde, Burton, Gas y -en efecto- Migè) se hospedarían en el hotel más cercano al foro donde tocarían esa misma noche. No se necesita gran astucia para resolver semejante misterio. De cualquier manera, el éxito anterior me daba la suficiente ventaja y no poco optimismo como para permanecer en un apacible y casi soporífero estado durante el trayecto entero, con la confianza de quien se cree poseedor de un as bajo la manga (¿conocer a HIM? No me sonaba tan descabellado).

 

Soy desidiosa. Sé que he podido escribir esta historia desde el momento en que sucedió y, de hecho, visualicé cada momento como un párrafo más o un párrafo menos. Pero quizás he querido que los hechos maduren y se apoltronen a su debido tiempo en mi mente, que cobren vida con los días y que eventualmente se conviertan en indiscutibles recuerdos, ahora ya libres de ser manipulados por las palabras. ¿He de decir los pequeños detalles, las pausas, las paradas a media carretera, las risas y el indescriptible y casi agónico sentimiento de saberse ya tan cerca de HIM? Es increíble que un sábado a las cuatro de la tarde no conozcas a nadie y el domingo a media noche los consideres tus amigos, tus hermanos casi. Que las aventuras, los silencios, las esperas y el ahora enorme paréntesis de un fin de semana se conviertan en eslabones indestructibles de una experiencia -sí, una experiencia, cursi y reveladora- que marca tu adolescencia, tu fanatismo, tus idas y venidas de conciertos tumultuosos y profundos.

 

 

El señor de la van (leer “Ñor de la Van ” con acento francés, en caso de que se necesite un nombre instantáneo) fue condescendiente y afable en todo momento. Soportó la música atronadora -los gritos y los guitarrazos, quiero decir- con una endeble sonrisa; nos llevó, nos trajo, nos recogió e incluso accedió a dejar la cuenta no abonada en el momento preciso, con la tembleque promesa de que sería saldada en poco tiempo. Cuán equivocados estábamos y también qué ingenuos aún éramos de las prontos cercanías, las únicas que buscábamos: HIM y su música... y ellos sonrientes o taciturnos, pero cerca. Lo suficientemente cerca como para fotografiar a quienes nos parecen héroes (instantáneos) y han formado siempre parte de nuestras vidas; lejanamente, pero ahí al fin y al cabo.

 

 

We are the same
We are young and lost and so afraid
There’s no cure for the pain

No shelter from the rain
All our prayers seem to fail

 

Y los detalles sucedieron, como en todo trayecto y toda van transportando nueve individuos que, aparte de extravagantes, son fanáticos de HIM. No niego que me parece ligeramente cómico compartir este gusto con personas que no conozco y que cada eventualidad me parece tan nostálgica, como si ya no perteneciera a este tiempo. Pero todos ellos son tan afectuosos y al mismo tiempo tan indiferentes, que me parece que en algún punto de la noche comenzaremos a compartir las anécdotas y la euforia, que no estamos tan lejos unos de los otros.

 

 Fanny y Kurt fotografiando uno al otro

  Izquierda: Hilda. Derecha: Samael compartiendo los Churrumais


 

Vayamos al grano. Después de una parada en una gasolinería, tres cajetillas de cigarros y dos botellas de Viña Real, dimos con la dirección exacta. La recordaba vagamente, no el lugar en sí, sino la apariencia y las personas y los recovecos y algunos otras impresiones halagüeñas. Otros finlandeses y unos punketos, pero hoy sería HIM y de eso se trataba todo el asunto. Por supuesto que esperaba encontrar la más variopinta fauna congregada a las afueras del salón y con anterioridad tomé mis precauciones: vestimenta rojo catsup (no sangre) y ni un signo que pudiera confundirme con algo que no soy, aunque con el suficiente encaje para no sentirme como una extranjera en mi propio país. Las gothiqueces no se me dan, pero me agradan, por alguna extraña razón. Hay algo tan trágico y bello en esa estética que me seduce, pero no me atrapa del todo. En mi diccionario, gótico es sinónimo de arquitectura medieval y europea, no de un modo de vida y por eso me parece ridículo encumbrarlo con hostias y alharacas. Pero no me importa, naturalmente, y recibo con los brazos abiertos cualquier émulo de Edward Manos de Tijera, siempre y cuando su eterna pesadumbre no se convierta en un descarado peso sobre mis hombros.

 

Y no me he equivocado, sólo que esta noche nos topamos con todo tipo de personas, lo cual está bien, está muy bien. Pero antes... el ineludible encuentro con el revendedor.

 hay que pagar un precio...

 

 

600 pesos después y nueve boletos en total, estamos listos para entrar. La fila. Obstáculos a vencer en esta chabacana carrera por ver a HIM. Conversamos, hacemos bromas, nos saltamos unos lugares (¡trampa, trampa!), guardamos propaganda del concierto de Bauhaus (removido del World Trade Center, por razones más que evidentes) y en general no hacemos más que amenizar la de por sí tediosa espera. Uno va aprendiendo con el tiempo a asegurarse de sólo dos cosas importantes antes del inicio de un concierto: el boleto (que compré con suficiente antelación y después de una semana de trabajos forzados) bien resguardado en el bolsillo trasero y, ya adentro, la completa certeza de que la vejiga está cien por ciento vacía. Gajes del oficio, no menos importantes que elegir la indumentaria adecuada: cómoda y templada. Calzado alto, pero no molesto. Rostro despejado. Detalles nimios, pero de vital importancia una vez que sientes el tórax oprimido y la avalancha de empujones, golpes y pisotones tan característicos (y a veces tan anhelados).  

 ¡Listo!

Sólo me importaba encontrar a Helena. Habiéndola conocido tres años atrás, me parecía perfectamente razonable que el destino se encargara de ponernos frente a frente, después de algunas ausencias, muchas conversaciones en dos idiomas, una Metal Hammer transatlántica y la promesa de ver a quien sólo conoces por un foro de internet, el HIMclub (que ahora me parecía tan lejano e ignorante de los avatares que nos sucedían: cuántas caras debían estar congregadas ahora). Al principio no pensé que fuera tan difícil; después de todo, el Salón 21 no es exactamente grande. Pero entramos y la gente se dispersó, los rincones se llenaron, la parte alta recibió a los que prefieren observar un concierto sentados en una mesa y bebiendo un martini o una cerveza helada en vaso escarchado, y pronto comprendí que encontrar a Helena no sería una empresa fácil. Recuerdo decirle a Fanny “mi misión es encontrar a Helena; avísame si la ves”. Ella sólo reía e inspeccionaba el lugar con ojos inquisidores. Los nueve nos separamos, a ratos encontrándonos en el baño, o en las esquinas, o al pie de la entrada, con la espera inquieta a flor de piel. Ensayamos algunas posibles tomas con la cámara fotográfica introducida de contrabando, comparamos el mejor lugar y el mejor flanco: izquierdo o derecho, etcétera. En medio era irremediablemente imposible: gente loca sin respeto por sus propios pulmones se había amontonado en la ya clásica posición aprieta-tripas, de la que no pocos desmayados sobreviven. En fin, la experiencia me había enseñado a buscar el mejor ángulo sin sacrificar mi salud.

 <---es real

<--- exacta revista traída desde Europa, gracias a Helena

 

Ahora los nueve eran conocidos: mi grupo. Vengo con ellos, aunque trabajosamente recuerde sus nombres. Pero ya unos departen: Hilda y Kurt, pareja no poco andrógina que espera sentada junto a Fanny, Jorge y yo. Samael (¿acaso era el ángel que abandonó el Paraíso y traicionó su divinidad convirtiéndose en Satanás? No lo sé, es bíblico) y su prima Janet, de quince años y, según Fanny, doble de Gerard. Edgar y Alejandro, que deambulan alrededor de la pista y de ellos no se sabe nada. Pues aquí estamos, a punto de perder la civilidad y el buen gusto. Bienvenidos sean codazos y rodillas prestas a abrirnos espacio entre la multitud.  

 

Poco a poco nos escurrimos entre la manada, sigilosamente, como quien no quiere la cosa. Ahora la valla está casi de frente y el escenario se impone a unos metros, inerme y hasta místico. El enorme Heartagram de tela, las guitarras reposando a un lado, el teclado pulcro y estático. Hombres del staff, ¿será que su aspecto escandinavo es de plano fácilmente reconocible o que quizás yo he inspeccionado su anatomía en incontables veces? El caso es que él (a quien nombraremos Mika por el puro y llano placer de compararlo con Mika Waltari y, evidentemente, con Migè y Burton) permanece de pie y recargado en una bocina, no mirando de frente a las gargantas profundas que sólo saben gritar HIM, HIM, HIM  y que no se contentan con saber que esto de los gritos no sirve de nada cuando hay una hora específica para el inicio de un concierto (que en este caso era las 8 en punto y de la cual nos separaban ya breves minutos).

 chaca chacán...

 

 

Cuando desaparece Mika... bueno, una señal debe ser. Si no, ¿qué otro sentido tendría este hermetismo y repentina ausencia? Me deslizo unos centímetros más, procurando por supuesto no molestar a los vecinos que pronto terminarán alucinando mis gritos y mi insoportable voz acompañando cada línea y cada frase.  

Y las luces se apagan.

                                

 

 

 

La oscuridad parece un empellón invisible que sacude a la multitud hacia delante. Miles de manos con los dedos abiertos y gritos ensordecedores que de pronto nublan la vista y el oído. Veo, entre humo y sombras, las siluetas de cinco tipos que se acomodan en cada extremo del escenario y recogen su instrumento. Una guitarra en solitario y las primeras notas de una canción que, aunque nueva, es HIM y se siente como HIM. Miles de voces corean Rip Out the Wings of a Butterfly, algunos acaso seducidos por los caprichos de la televisión por cable y la indudable influencia de la música introducida con calzador por Mtv. No me importa, lo aseguro. No soy seguidora ardiente que acepta sin recelo cada nuevo disco. No es una obra de arte, pero me gusta. Y es que me gusta HIM y estoy segura de que cada nuevo disco me gustará, quizás por costumbre, quizás por lealtad. Ya es parte inherente de mi vida, de mi historia. HIM no es una banda nueva ni improvisada y no han sido mágicamente presentados a América por gracia divina o por la misericordia de Bam (a quien no mencionaré más durante mi relato): cinco discos de estudio, compilaciones y más de quince sencillos que no prueban nada, y no pretenden demostrar nada a quienes cantan al hilo this endless mercy mile, we’re crawling side by side. Aún se siente como el viejo HIM, aquel metalero y hasta elegante, que apelaba a la sexualidad y sufrimiento desmedidos.

 

 Fotos: Meridius (Alex)

 

Right Here in my Arms parece decir “esto siempre ha sido HIM”. En verdad, la tinta roja se corrió durante los coros susurrantes y entrañables que nos devolvieron la batuta a quienes siempre hemos seguido a HIM y recordamos la navaja y la tragedia, la sangre, el pecado y la muerte. Los símbolos que representan la antigua significación de una infernal y masculina majestad (o el Razorblade Romance con su portada rosada y el torso desnudo de Ville). Ahora sólo es HIM y basta. Basta con las canciones -clásicos innegables- de épocas pasadas y un Ville femenino y maquillado hasta la saciedad, sentado en su castillo de hielo y sufriendo en dosis refinadas y medidas (this happiness is killing her).

                     

 

 

Ville es trágico e insinuante. E indiferente, casi esquivo. Oculta su rostro entre el micrófono y las manos blancas y largas, siempre inquietas. El gorro negro y la mirada perdida nos impiden observarlo de frente, adivinar sus expresiones, conquistar dos ojos verdes que de profundos atemorizan e intimidan. Desgarra su garganta y apenas lo escuchamos, pero la música es potente, sin parafernalia más allá de los propios acordes que tumban y retumban. Pienso “sí, esto es un concierto de rock”, sin desdeñar a los pasados ni reducirlos a meros recitales de musiquita agridulce. Pero suenan tan bien, lo juro. Dominan la música que tocan, quizás porque ello es su oficio y lo único en este mundo que tienen que hacer bien, pero es que lo hacen estúpidamente bien. No recuerdo emocionarme tanto con la potencia del metal gótico, género ya reducido a remembranzas preparatorianas y atisbos de adolescencia tardía. Pero HIM me transporta a esos lugares y me asesta el golpe mortal: perder la cordura con riffs exagerados y voces de ultratumba.

 

 

Su nuevo tatuaje: el rostro del poeta finlandés Timo K. Mukka

 

 

 

 

 

Y, naturalmente, la bomba explota al reconocer Soul on Fire. ¿Pensé que estaría en el repertorio? Desde luego que no. Pero me equivoqué -todos lo hicimos- en las predicciones al vapor. ¿Qué caso tiene construir un set-list de mentira mientras viajas de Querétaro al DF? Pensamos que serían correctos y recurrirían a los sencillos, a la preponderancia de Dark Light, a lo humanamente comprensible que compone a las giras. Pero no. There’s a flame that leads all souls ashtray. Somos como los muertos vivientes y sacrificamos todo lo que tenemos por un alma en llamas. Bonito, muy bonito, y además intenso. Linde oculta la fragilidad de su cuerpo con movimientos temerarios. Luce como un Bob Patiño rubio y seductor, y sus ya larguísimas rastas crean una barrera entre su entrega y la nuestra. Toca la guitarra con fuerza -la música emitida como prueba- y parece que sólo tamborilea los dedos rítmicamente. Sus hombros tersos se alargan delicadamente hasta sus manos, tan delgadas, tan pálidas, tan virtuosas y reservadas. Veo a Burton de espaldas -veo sus tenis converse color rojo- y el cadencioso movimiento de la pelvis y el tórax hacia el teclado. Creo que Burton es como un indio cherokee de sedoso cabello lacio, tan finlandés y al mismo tiempo tan hispano y moreno, tan atractivo. Lo veo lejano y sólo aprecio su rostro cuando se hinca para limpiar el sudor de la frente con una toalla –y remueve los lentes oscuros y pasa la tela por sus ojos– y de nuevo se levanta y desliza los dedos por las teclas y hace sonidos y efectos, como un silbido fantasmagórico y desaforado.

 

Fotos: Meridius (Alex)

Linde alguna vez tuvo el cabello lacio...

Todo un agreste...

 

 

 

 

 

 

Y Migè... es tan entregado e impetuoso. Es un auténtico desparpajo, gesticulador y danzante, vaquero de mentiras, músico de esos que te hacen sentir buena onda, que nada más verlo y te cae bien. Entre los recuerdos confusos, hay alguno, quizás revuelto y equivocado, en el que le doy un codazo a Fanny (¿todavía no nos perdíamos, como es la costumbre?) y le digo que Migè ha engordado. Comentarios superficiales, pero inocentes cuando realmente no te importa si la rehabilitación es poco atractiva o no. Es Migè, después de todo. Con él las cosas no se toman en serio, son trágicas pero con humor negro, son tristes pero ahogadas en risas. ¿Quién diría que sólo unas horas después estaríamos conversando con él, con todo el bochorno y la torpeza que te da ser un fan, pero felices por haberlo conocido? Ahora lo veía lejano, como producto de la casualidad o el error. No, mi plan se diluía lentamente en las aguas de la rectitud y la flojera. Mejor debía pensar el modo de conseguir el boleto para el concierto del día siguiente, y no perderme en divagaciones en torno a mi recién adquirida afición por conocer estrellas. Buen tema de conversación, pero no podía ir más allá.

 

 

Soy bonito, sí...

 

 

 

Otro inconveniente de elegir un costado determinado es no poder admirar con plenitud a todos los miembros de la banda. No si son cinco y se reparten en puntos cardinales poco vistosos. O sea que Gas Lipstick, fanático de Motörhead y el más propenso a aparecer en un huateque como el Ozzfest, me era a ratos inapreciable e incluso totalmente invisible, lo que calentó mis entrañas. Los pesos que uno se gasta y las penurias que soporta, para que al final sólo veas el borde de una bataca o alguno de los tres bombos con la H , I o M, según. ¿Qué le haría? Nada, pero al otro día observaría su cráneo desnudo de cerca -tan cerca que invitaría al tacto- y me alegraría de apreciarlo mejor casi al final (¡ambas veces!) cuando se levanta y hace reverencias al público que aplaude arrebatado. Gas es un tipo bastante tratable. Sí, lo sé a pesar de nunca haber intercambiado una palabra con él (pero le alcé una ceja y parte de la otra, y eso no se compra con nada...)

 

para el que lo dudara...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No me queda claro si HIM hizo famoso a Chris Isaac (alegato enfurecido de seguidor de Chris Isaac) o Chris Isaac hizo famoso a HIM (alegato enfurecido de seguidor de HIM), pero Wicked Game suena mejor con estribillos rockanroleros, por ridículo que esto suene. Lenta está muy bien, pero metalera sabe mejor (y es que el Greatest Love Songs Vol. 666 es un disco -irónico que sea el debut- con mucha influencia del metal noventero y las suficientes ínfulas góticas como para ser imprescindible). No es una sorpresa, pero es recibida cálida y efusivamente. Es una lástima que a ratos no se escuche la voz de Ville: pelea y lanza miradas fúricas al probable ingeniero de sonido, que debe permanecer apocado al otro lado. ¿Micrófono o problemas técnicos del lugar? ¿Voz de Ville o presunta borrachera? Dicen que balbuceó unas palabras en finlandés. En realidad lo dice Helena y he de confesar que al principio lo pensé también. Incluso recuerdo reflexionar que si el inglés no es su idioma natal, ni tampoco lo es del auditorio, entonces no tenía caso recurrir a él como medio de comunicación. De todos modos las diferencias culturales -e idiomáticas- eran patentes, ¿por qué no saludar y agradecer en su lengua, sopesando así la indiferencia o efusividad de quien lo escucha? Me parecería razonable que un mexicano, ya en el clímax de su presentación, dijera “gracias” a un público finlandés, indiferente para entonces de los formalismos del gastado “thank you Mecsico”. Por otro lado, los rumores indican que de veinte presentaciones, quince han tenido problemas de sonido, lo que resulta en suma sospechoso y hasta preocupante. Pero apelemos a las estadísticas y no a la inexistente mediocridad del Salón 21 que, afirmo por la experiencia, nunca ha sonado tan mal como hoy. Y no quiero culpar a HIM porque... porque no se me da la gana. No se me da la gana arruinar el júbilo y la sincera alegría de escucharlos en vivo. Así que, en lo que a mí concierne, ignoraré en lo sucesivo las fallas técnicas y me concentraré en las emociones y los títulos, las líneas, los párpados que se cierran de ensoñación, los discos y el raudal de recuerdos que traen consigo.

 

 

 

 

 

 

what a wicked thing to say: you never felt this way...