
Conocí a Paul Banks. La frase misma encierra un absurdo terrible, del que incluso yo he sospechado. Conocí a Paul y no sólo eso: sus asimétricos ojos azules me miraron, su boca habló y me habló a mí, su mundo entero permaneció unido al mío durante los más breves y surrealistas segundos. Paul Banks es real. Paul Banks existe.


The subway she is a porno
The pavements they are a mess
Recorrimos la ciudad en metro, transbordamos y esperamos, todo ello mientras sentíamos el paroxismo cercano, las manos trémulas, el corazón terriblemente agitado... y el llanto. El llanto porque no puedes mirar a Paul, no puedes reflejarte en esos ojos tan viejos e introspectivos sin sentir que la vida pende de un hilo, que es frágil y candorosa y llena de momentos sublimes y ridículos, inmensamente ridículos.
Cada estación era una estación más cerca de ellos. Yo, escéptica. Me emocionaba la idea de esperarlos en el hotel, es cierto, pero realmente no esperaba encontrarlos. La vida no puede ser tan perfecta, me decía. El planeta no puede girar alrededor de una esperanza tan vaga e ingenua. Paul y Daniel no pueden ser esos dos hombres que acaban de entrar, no puede ser que esté tan cerca de ellos y lo único que pueda decir, dadas las circunstancias, sea Interpol, Interpol, esperando acaso que esa palabra sea la contraseña secreta que me dé acceso a sus más íntimas fibras. Pero lo hice. Tampoco es que pudiera hacer otra cosa. Salté del sillón como un resorte, caminé con una rapidez casi cómica y los llamé. Paul se detuvo. El planeta sí gira alrededor de disparates como éste. Paul se detiene y es casi increíble y absurdo que esté frente a mí, que yo me fije en detalles irrelevantes como que carga una caja pequeña y bebe una Heineken de lata, que su gorra esté de lado y flecos dorados le caigan sobre esos ojos tan extraños y profundos y llenos de Henry Miller y de agua. Paul me mira de lado y los lunares que adornan su rostro son como estrellas negras en una noche blanca. Es como Fred Astaire y su arte es describir el metro como pornografía subterránea y el pavimento como un túnel agrietado y opaco. Imagino que Paul ha caminado por las calles de Nueva York, en medio de la noche, pensando en mujeres cuyas historias son aburridas, sintiendo sus cabellos rojos penetrando abismos insondables y sí, aceptando que carecen de aquello con lo cual él se identifica en lo hondo y, sin embargo, dispuesto a sepultar su amor subliminal alrededor de ellas.

Comienza el relato
Ésta es la crónica. El 6 de septiembre se anuncia la cancelación del segundo concierto de Interpol en México. El sitio oficial informa que la medida se tomó en base a razones de seguridad. Al diablo con la seguridad. Siete mil fanáticos, enardecidos y eufóricos, brincando al mismo tiempo en un tercer piso. El suelo tiembla, provocando ondas que hacen pensar a muchos que morirán ahí mismo, en un concierto de Interpol (lo que, dicho sea de paso, les da una calma enternecedora, como si morir escuchando a Paul, Daniel, Carlos y Sam fuera absolutamente sublime y es que, de hecho, lo es). El World Trade Center de la ciudad de México no dio para más. El segundo concierto para el que, sobra decirlo, yo poseía boletos, se fue al carajo. Naturalmente, al recibir la noticia mi mundito entero se desintegró en finísimas partículas que creí, por algún fatídico y ridículo segundo, perdidas para siempre.
Tómala y de guacamole...
Pero uno sobrevive a las desgracias.
Me enfermé. Las malas noticias son como un virus peligroso que se expande a través del cuerpo y lo obliga a permanecer en perpetuo estado de apatía, sufrimiento físico y humorística melancolía (se canceló el concierto: alguien por favor alcánceme un bolillo para cortar mis tristísimas venas). Lo acepto. Relaté el suceso con un dramatismo tal que logré arrancar las risotadas de mis interlocutores (lo que por supuesto me ofendió en una considerable proporción). ¿Cómo es posible que la humanidad siga su curso, así como si nada, a sabiendas de que Interpol canceló el segundo concierto en México? Me parecía absurdo, inaudito. Que todos pudieran continuar con su vida, como si no hubiera pasado nada. A mí las desgracias de los demás me hacen lo que el viento a Juárez, pero mis propias desgracias me hacen creer que la sociedad entera sufre un cáncer corrosivo del que sólo yo me doy cuenta, lo cual es evidentemente una mafufada. Pero el caso es que Interpol había cancelado el concierto y mi emoción exacerbada y casi ridícula se canceló también de tajo, como quien detiene una música atronadora de sopetón, devolviendo la violencia del sonido al hermetismo del silencio, sin previo aviso. ¿Acaso alguien me había preparado para las terribles y lastimeras emociones que a continuación se presentarían en mí, una por una, con lánguida y asquerosa lentitud?
La primera impresión, desde luego, es de escepticismo. Esto debe ser una muy mala broma y ruego a Alá que así sea. Y que al creador de ella se le haga la boca chicharrón. Luego viene la impotencia: somos minúsculos puntos en un inmenso tapiz y desde nuestro sitio no podemos ni siquiera visualizar los bordes y límites de la tela que nos aloja. No podemos hacer nada. Y la ira. La ira porque es una maldita paradoja que justo el concierto de hoy, por el que me desvelé incontables veces, por el que me metí en más de un lío y a través del cual organicé los últimos dos meses, el concierto que he esperado por más de tres años, es un paradoja horripilante que el concierto de hoy se haya cancelado. Y claro, sólo me tiene que pasar a mí. Aclaro que así es como lo veo: no advierto que muchos fanáticos recibieron la noticia estando ya en la ciudad de México, después de haber viajado miles de kilómetros, desde Cancún, Chihuahua o Chiapas. No oigo razones. No importa que me digan cosas como “mira el lado bueno: al menos no alcanzamos a tomar la van, al menos aún estamos aquí en Querétaro”. Pero yo no le veo ningún maldito lado bueno. Para mí es una tragedia colosal y nadie me va a convencer de lo contrario. Es más, no quiero mi dinero, no quiero falsas promesas. Yo sólo quiero ver a Interpol. Es lo único que quiero... y me lo quitaron. Y lo peor (o lo mejor, según lo veo ahora) es que no puedo culpar a nadie. No puedo estar resentida con Interpol, eso desde luego. Ahora los siento más lejanos que nunca, completamente ajenos a mi realidad y, sin embargo, siguen ocupando el lugar cúspide en mi corazón, del que nada ni nadie los moverá (nótese que sólo Interpol me induce a un ánimo francamente cursi). No puedo culpar a los siete mil individuos que brincaron al unísono, por supuesto. Yo haría lo mismo. Digo, es una costumbre que tengo tan arraigada como el niño que maldice, invariablemente, los días lunes. Un concierto es para disfrutarse, carajo. Es la única catarsis que muchos de nosotros, confinados a trabajos de medio tiempo y estudios universitarios, podemos disfrutar. Y yo nunca dudo en ejercer ese derecho inalienable de gritar como enajenada, brincar como proyectil, golpear, arañar, llorar y desbaratarse en medio de un concierto. Y supongo que aquellos desafortunados que tienen la poca suerte de estar junto a mí durante esa efervescente hora y media terminan odiándome, y con justificada razón. Por eso yo no los odio, ni los culpo. Siete mil sujetos brincando al mismo tiempo: felicidades. La vida es tan efímera, corta e improductiva –y a veces tan sublime– que un brinco de más, un brinco de menos, hace la diferencia. ¿Culpo a la disquera? No creo. Hicieron un esfuerzo considerable por escapar del monopolio Ocesa, aunque sin fenomenales resultados, como muchos desgraciados tuvimos la oportunidad de comprobar.
¿Entonces a quién culpo? Evidentemente, no me quedó otro remedio más que culpar al destino, a la suerte, a Dios incluso. Es inevitable. Uno, irremediablemente, llega a ese punto antipático en el que se deja llevar por su mala suerte y observa resignado los terribles designios que el oráculo ha presagiado. Ya lo decía yo. La vida no puede ser tan buena conmigo. La noche anterior –y esto es absolutamente cierto– yo había soñado que el concierto se cancelaba. De inmediato lo clasifiqué como una terrible pesadilla. El destino se encargaría de hacerme ver que era una horrenda profecía.
Pero todos estos son pensamientos negativos en torno al asunto que ya he explicado. Anuncio, con enorme satisfacción, que todos probaron ser meros pensamientos transitorios que pronto se convertirían en felicidad desmedida.
triste, tan triste...
Pero vayamos por partes.
Pasaron tres angustiosos días. Las tristes historias se difundieron y llegué a saber de otros como yo, sumidos en el más profundo de los abismos. Pero eso no era consuelo. El consuelo al fin llegó, en la forma de un nuevo anuncio que notificó la apertura de una nueva fecha, el 22 de septiembre en el Palacio de los Deportes. La alegría me inundó, de nuevo. La esperanza renació. El botón de la rosa marchita de pronto floreció, con la misma vehemencia que antes.
Pero no sería tan fácil. El anuncio explicaba cómo cambiar los boletos o, en todo caso, exigir un reembolso. Corrí al MixUp, recordando con algún morbo el día en que compré mi boleto por vez primera, ingenua y expectante de un gran concierto en el Salón Mexica. Pero quizás era lo mejor. Ya sin dolor físico, sin tanto ajetreo, con absoluta certeza: el nuevo concierto prometía aún más. Pero la situación era la siguiente: el boleto del 6 de septiembre sólo podía cambiarse en las taquillas del Palacio... Y el que no pueda, que su maldita suerte lo envuelva de nuevo.
I'll never see this face again
No todo estaba perdido. De alguna manera, el asunto se arregló (y aquí me permito extender mis más sinceros agradecimientos a Memo y su amigo Óscar, que amablemente se ofrecieron a cambiar mi boleto y el de Marijose en una visita exprés a la ciudad de México). Regresa la calma otra vez. Me deslizo por las horas siguientes con una calma casi extraña en mí. Ya todo está arreglado.
Pero las malas noticias no cesan. Surge la posibilidad de no alcanzar boletos, o algunos diferentes a los de pista, o cualquier otra eventualidad por el estilo. La paradoja aumentaría en proporciones monstruosas, injustas. Pero, de nuevo, no me quedó de otra más que confiar, ya que por lo visto no tenía opción diferente.
Lo que sucedió en los días subsecuentes
La espera se materializó una vez más. Aguantar al jefe estúpido que pretende motivar con regaños y frases sosas (“hazles creer que te la estás pasando a todo dar” “di que todo estuvo bomba”). Un auténtico pelele, por supuesto. Pero no me puedo quejar: aquí hago la tarea y puedo leer y robarme algunos vasos de refresco, cuidando de reojo que el mequetrefe de Julián no se aparezca por la cocina. Atiendo una pareja, les enseño unas fotitos, les hago unas preguntas, pongo una sonrisota y ya estuvo. Y luego me culpa –a mí, que sólo los atiendo por media hora y no hago más que hablar de lo excelentes, magníficos y grandiosos que son los hoteles– de que la venta fue un absoluto fracaso. Pero aguantar. Aguantar es la palabra clave, ya que sólo ello me dará el pase automático al concierto del 22 de septiembre (para el que, como están las cosas, no pediré permiso de faltar).
Exámenes. De Conformación del Estado-Nación, de Administración, de esto y lo otro. Trabajos, reportes, ensayos. No importa. Lo haré todo. Me conduciré durante estas dos semanas como un robot programado para rendir y hacer las cosas bien, tratando de no pensar demasiado en el concierto que me espera, y en la posibilidad que de pronto se presenta, fantasiosa y casi ingenua, de conocerlos en persona. No. No está en mis posibilidades, pienso, y desdeño la idea. Pero la semilla se ha plantado y no dejará de crecer ya. Luego llego a la conclusión de que he sufrido tanto y tan meticulosamente, que lo único que reivindicaría la emoción de este nuevo concierto sería conocer a los sujetos de Interpol. Punto final.
Ya es un día antes y aún me debato entre la decisión de irme en la van, como es debido, o llegar antes a la ciudad de México y alcanzarlos en el hotel. Suena estúpido, pero es una posibilidad. Recibo alguna información de cierto contacto (no revelaré su identidad a fin de conservar el misterio en mi relato) que me recomienda aparecer antes del concierto en el hotel El Presidente, de Polanco. Si los ves, salúdalos y diles cuánto te gusta su música, sin aspavientos ni nada por el estilo, me aconseja. Esto se está tornando demasiado real, peligrosamente real.
Antes había leído de la after party en la ciudad de México, en el bar El Pasagüero. Había visto fotos de afortunados que los habían conocido. Supe de su repentina aparición en el bar de las Américas, en Guadalajara (concierto del que supe muy extensamente, lo que no me fue del todo agradable). Era real. Paul Banks, Daniel Kessler, Carlos Dengler y Sam Fogarino no se andan por las ramas. ¿Quieres conocerlos? Adelante (it’s up to me now, turn on the bright lights).
greet & meet
Lo decidí de último momento. Venga: no me voy a quedar con las ganas. Si no lo logro, al menos puedo decir que lo intenté. Con tan trillada filosofía a cuestas me lancé a la terminal de autobuses, donde una emocionada Marijose me esperaba. Mi ánimo era lo suficientemente optimista, aunque no tanto como para dar por sentado que ese día conocería a Interpol. Pero la aventura ya estaba puesta. El autobús ya se dirigía hacia la ciudad de México y yo, expectante, me aseguraba de tener conmigo el Trópico de Carpricornio que, si la suerte estaba conmigo, pertenecería a Paul en lo sucesivo. Desde el momento en que surgió la posibilidad de hablar con Paul, supe que tenía que darle una versión en español de la mejor novela de Henry Miller, situada por supuesto en Nueva York. No sé por qué. No pensé en autógrafos, no pensé en darle mis discos –o el libro, en todo caso– a firmar, sino sólo en que conservara el libro. No porque realmente piense que con ello él me recordaría por siempre, sino porque yo también creo que Miller y Banks son almas gemelas. Y él tenía que confirmarlo.
soul mates never die?
Incluso el viaje en metro fue surreal. Tan cerca y tan lejos. Ahora en la misma ciudad, a quién sabe cuántos metros de distancia. Respirando el mismo smog, cubiertos por el mismo cielo gris. ¿Dónde estarían en esos momentos, qué palabras se dirían, qué acordes tocarían? Misterio.
Al emerger del subterráneo colmado de gente y vendedores ambulantes, supe que algo había cambiado en la atmósfera. Un sol radiante y un asqueroso calor, sofocante y espeso. Pero ellos deben estar por aquí, en algún lugar. Miramos el hotel. Era casi increíble que los cuatro se hayan hospedado aquí antes. De seguro han pisado el mismo suelo que yo... y adelante.
she is a porno
Vimos una camioneta blanca y un rubio de caireles apretados transportando equipaje (por un momento lo confundí con Paul y aún no puedo describir la caída vertical de todo mi organismo). Pero no. Guitarras. Una señal alarmante. Una de ellas tenía escrito Brian (¿Molko?), así que descarté la idea de que pertenecieran a ellos. Entramos al hotel. Decenas de ejecutivos arrastrando maletas, registrándose en la recepción, hablando por teléfono, ignorando seguramente que compartían techo con los músicos más introspectivos y elegantes que Nueva York ha procreado.
La espera fue larga. Entre otros detalles, algunas señales me revelarían que ellos estaban cerca. Un botones me dijo algo como “uy no, señorita, no puedo darle razón por cuestiones de seguridad”. ¡Ajá! Tan fácil que hubiera sido decirme que no estaban hospedados ahí, que mejor no perdiera mi tiempo, que no fuera tan ingenua; pero en cambio se mostró ambiguo y dubitativo, lo que me dio la razón. Luego vi al temerario. El detalle chusco, vaya. Entró caminando como si estuviera partiendo plaza, sintiéndose soñado. Y nadie lo peló, naturalmente. Después de un rato angustiante, decidimos que ese día no podía ser el día en que conocimos al Temerario Mayor. No señor. Pero el tiempo pasaba lento y monótono.
Y se hizo la luz
¿Podré describir, con absoluta precisión, el sentimiento arrobador, casi efímero, sorpresivo, inquietante e insoportablemente frenético de observar a dos hombres cuyas figuras conozco tan bien entrar por la puerta principal del hotel?
Primero fue Daniel. Daniel Kessler. La mente brillante detrás de Interpol. El reclutador. La leyenda cuenta que se acercó a Carlitos D. sólo para preguntarle dónde había comprado sus botas Dr Martens –sin la costura amarilla– y que, dadas las circunstancias, terminaron hablando de música. Daniel convenció a Carlos de renunciar a su carrera de filosofía y unirse a su grupo. Para ese entonces Daniel ya había compuesto el riff básico de PDA, e Interpol apenas nacía.
+
=
Daniel es un hombre pequeño, frágil. Tiene un andar delicado y elegante. Todo de negro, acostumbra colocar su mano derecha entre su cinturón y el bolsillo delantero. Sonríe y se dirige hacia los ascensores.
Me parece que el espacio ha quedado sordo. Entre la incredulidad y la emoción nerviosa, me levanto de mi asiento, sujetando el libro con mano firme. Camino en dirección a ellos, procurando controlar mis instintos y no echarme a correr.
Pronuncio su nombre, Interpol, con algún gesto ridículo. Paul se detiene. El mundo entero se ha detenido con él. Lo miro y no puedo creerlo. Me mira y sus ojos indiferentes, azules, desiguales son como portales a una dimensión desconocida, estrambótica, prestúpnica y chusdeña, habitada por drugos ataviados en elegantes platis, que toman moloko y sacan la yassica desdeñosamente. Lo video y no lo creo. Me videa y es irreal. La naranja mecánica se avería y en ella viaja la candidez de una vida sin Paul Banks. Porque mirar sus ojos es como cruzar una línea, es un viaje sin retorno.

- Ahora no tengo mucho tiempo, es que tenemos mucha prisa –dice en un español raro, desprovisto de acentos o vicios.
- Tengo un regalo para ti –digo, después de haber reunido valor de algún misterioso lugar.
Regresa. Baja la mirada. Paul Banks me habló. Cuántos solitarios escuchan ahora mismo su voz recitando frases inconexas y absurdas, pero profundas y tristes, apaciblemente tristes (but the stars we will navigate through the holes in your eyes). Toma el libro. El objeto que me perteneció durante algún tiempo ahora reposa tranquilamente en sus manos. Lo mira y me mira.
- Este escritor me gusta mucho –murmura y lo siento lejano, como si su voz fuera de ultratumba, como si sus palabras fueran un sueño inventado por mí... pero es real.
<---he ahí el libro exacto
- ¿Puedo tomarme una foto contigo? –pregunto, cediendo al fin al convencionalismo de ser sólo una admiradora y él sólo un músico condescendiente.
- Claro, pero yo la tomo –aclara.
Por supuesto. ¿Acaso importa, será parte de su excentricidad inherente? Paul se acerca y coloca la lata entre sus rodillas. Paul huele a cerveza (y en este momento pienso “¡Dios mío, estoy oliendo a Paul Banks… ni en mis más guajiros sueños!”). Paul es amable y accesible. Paul carga un kit que contiene cortauñas, tijeras y otros aditamentos. Paul es real. Respira junto a mí. Espera que Marijose arregle el flash de la cámara, mientras se me suben todos los colores a la cara. Paul está esperando y yo lo tengo enfrente. El mundo pronto se acabará.
<---acá con Marijose (yo en la flecha)
Pregunto por Carlos y Sam. Él admite desconocer su paradero. Posa junto a mí, sostiene la cámara con la mano derecha y aprieta el botón. Por mí que el mundo se acabe.
Posa con Marijose y por un momento se me ocurre que podría salir ahí también, haciendo gestos graciosos a sus espaldas, pero recapacito. Algunas frases más, que ahora se me antojan extrañas y perdidas, por más que intento recordarlas. Yo estaba anonadada: me sorprende que haya podido articular tantas palabras. Agradece el libro de nuevo, sonríe, se aleja. Algo del concierto, algo de gracias, hasta luego. Y se va. Las manos que tiemblan furiosamente, traicionándome.
don't cry for me Argentina... digo Lilián
Quiero llorar. Es ridículo, pero quiero llorar. Los directivos del hotel están enfrente de mí y creo que han advertido el sigiloso alboroto. No puedo evitar traslucir mi eufórico estado de ánimo. Lo miro caminar hacia los ascensores, sosteniendo su caja y su cerveza, de prisa, agobiado, extrañado, depresivo. Paul Banks, taciturno y confundido. Atrapado en un contexto irreal. ¿Acaso no pertenece a calles desoladas, a la noche, a los callejones sin salida, a los bares de mala muerte y a un Nueva York nauseabundo y desértico? Paul Banks pertenece a los mundos bajos, no a esa caminata hermética del lobby a su habitación. Su sarcástica sensibilidad debe estar atrapada en un mundo superfluo y ambiguo que, sin embargo, lo adora. Porque todos lo adoramos. Adoramos su cinismo (but if your life is such a big joke, why should I care?), su antipatía (I’m timeless like a broken watch, I make money like Fred Astaire), su depresión (I’m sick of spending these lonely nights, training myself not to care), su franqueza (I know I’ve spent some time lying), su amor desnudo (each night I bury my love around you) y hasta su falso optimismo (you make me wanna pick up a guitar and celebrate the myriad ways that I love you). Imposible no amarlo. Paul lo sabe y debe odiarse por eso mismo, porque quizás desearía ser tan anónimo como Miller y caminar por las calles sin un centavo en la bolsa, esperando que un amigo o conocido lo invite a cenar y a beber, y que lo lleve después a su buhardilla donde conocerá a una puta muy fina y muy complaciente. Porque Paul es como Miller: son almas gemelas (Indeed you both are soul mates, decía la dedicatoria).

Aún hay más
Afuera el mundo sigue igual. Ya no podemos estar en el hotel: es claro que ya no somos bien recibidas. Los coches pasan, las hojas caen, el tráfico no se detiene. Afuera puedo hacer todo un drama. Puedo llorar y mirarme en los cristales del hotel y no creer que ella –la que me mira de vuelta– acaba de hablar con Paul Banks, aunque no fue gran cosa, aunque fue una nadería, una bagatela y luego él haya tomado su lata y se fuera caminando tranquilamente al elevador. Pero, como dije, siempre hay un antes y un después y Paul marcó esa absurda diferencia entre ayer y hoy. Pienso que soy la persona más afortunada del mundo. Digo cosas como “¡por fin creo en Dios!”; herejía que, por otra parte, Marijose me perdona. Pero sí. Hasta creo en Dios.
Estoy tan concentrada en mis meditaciones baratas, en la euforia que nos impide articular frases completas y en las lagrimitas ridículas que insisten en seguir derramándose que no advierto quién ha salido del hotel. Fue un segundo. Volteamos y observamos a Daniel caminando despreocupadamente. ¿Daniel? Sí, Daniel Kessler caminando por las orillas del estacionamiento, sorteando los coches que avanzan y dirigiéndose a algún desconocido destino. Pienso que eso es irreal. La vista no engaña. Pues nos acercamos pero no pronunciamos palabra. Recapacito. No, no, no. Ante todo soy Lilián y no una acechadora. Dejémoslo tranquilo, que sea una feliz coincidencia. De todos modos, ¿qué podría decirle? “Daniel, por favor tómate una foto conmigo, por favor por favor por favor pospón tus planes, mírame raro, comprende que tú has sido fan, que no es una ridiculez y acepta posar conmigo”. No. Y Daniel sigue caminando, ignorante de nuestras sórdidas intenciones.
Cruza la calle como cualquiera. Espera a que los coches pasen, mira hacia ambos lados, tamborilea el pie contra el piso. Yo, claro, no puedo dejar que estos actos tan triviales sucedan así como así. Alguien tiene que registrar este tipo de situaciones. Y la cámara. Pues la cámara… no se sabe nada de la cámara. Con los nervios y la cámara poco cooperativa, logramos obtener una imagen extraordinaria por lo común, genial por lo prosaica y memorable por lo absurda.
He ahí:
estos paparazzis...
¿A dónde fue? No lo sé, pero la lógica y la física e incluso la intuición me dicen que tiene-que-regresar. Y regresa. Para entonces hemos llegado a la sensata conclusión –¡Marijose es genial en estos menesteres!– de que fue por un café al Starbucks de enfrente. Y efectivamente ahí viene Daniel caminando por la calle, con un café en la mano y un porte que ya quisieran muchos modelitos de caché. Guau. Pero tampoco siento la urgencia de acercarme. Repito: ¿para qué? Non-stalker. Mi nuevo lema. Que se respete.
La verdad es que me da vergüenza. Admitámoslo. No tengo nada interesante qué decirle, ni las palabras correctas qué decirle y además ni siquiera es el lugar ni el momento adecuado. Pero lo veo caminando del Starbucks al hotel. Y me intimida. Daniel es tan pequeño. Tan ensimismado, tan elegante, tan concentrado. De alguna manera, no quisiera romper ese halo de genialidad en él, envilecer su status de genio y músico con la materialización de un diálogo que no nos llevaría a ningún lado. ¿Acaso no es más bello así, de lejos e idealizado, que presa de mis emociones?
espejito espejito
Lo dejo ir.
No tan rápido.
Tampoco soy tan profunda. No podemos dejar títere con cabeza, eso por supuesto.

de regreso al hotel... con un Starbucks en la mano
Y el caso es que así fue como sucedió todo. Lo demás (me refiero desde este momento hasta el inicio del concierto) es pura y llana paja. Claro. Queríamos ver a Carlos y a Sam, pero pronto comprendimos que ya no sería posible. Al menos no ese día. Tomamos un taxi. El palacio. El señor de la van. La señora de las sudaderas. Confiar en ella, no queda de otra. Fanny y su amigo Raúl. Los boletos. Esconder la cámara. Entrar. Sentir que todo, todos son inferiores, que no queda nada en este mundo que no quiera comprender ni sentir. Que los que caminan y se pasean junto a mí, que los que toman su cerveza en el café o esperan en la línea del baño no lo saben, no lo vieron. Están ahí porque quieren ver a Interpol, ¿pero acaso los vieron? ¿Se sintieron intimidados por lo azul en los ojos de Paul o la pequeñez de Daniel? ¿Pensaron que de lo sublime a lo absurdo hay sólo un paso (y que ese paso es la pendejada más grande del mundo)?
El concierto
Un órgano de iglesia irrumpe en el recinto y la sacudida es general. Ahora ya no puedo pensar. Quizás seguía ensimismada con las conversaciones perdidas, con el cigarro que propició relaciones fortuitas, con las gotas de cerveza que nos alcanzan a todos, con los recuerdos de conciertos pasados, en este mismo lugar. Pero de pronto el órgano de iglesia lo cambia todo. Ya todos son anónimos, sólo rostros colocados arbitrariamente, sin vida pasada ni anécdotas.
y apareció...
Y lo veo de nuevo. Paul Banks aparece con ese gesto suyo tan críptico y altivo, todo de negro. Y Carlos. El vampiro y la diva, perpetuamente gótico, más allá de lo humano. Lo veo y pienso que Carlos es más que un simple mortal. Lo demuestra mientras toca y fuma y nos mira con arrogancia y soberbia y, sin embargo, tan poco presuntuoso y fatuo. Es honesto. Lo veo y pienso que nos dice con la mirada “miren, soy una chingonería y ustedes están disfrutando de mí”. Y, efectivamente, tiene razón.

Nietzche me ama
Next Exit es la primera parada, como dijo alguna vez Paul, una montaña rusa que sólo va para abajo. Yo sabía que ésa sería la canción abridora y, pese a ello, me sorprendió escuchar las primeras notas. Las contorsiones de Daniel, la rigidez de Carlos, el ímpetu de Sam. Paul canta y es casi absurdo escuchar su voz grave expandida por el micrófono, monótona y atribulada como él, después de haberla escuchado de cerca, en vivo y a colores. (gonna track this shit around and make this place a heart to be a part of). Luego Paul balbucea algo referente a hacer algo con él y compruebo, una vez más, que sólo hay un tema universal en todas las canciones de Interpol:
SEXO
Say hello to the angels es la gloriosa continuación, luego de un gracias que la concurrencia entera celebra con gritos y aplausos desmedidos. Si realmente él es la reencarnación de Henry Miller o al menos su alma gemela, las líneas que ahora preceden un torrente de emociones encontradas son la prueba fehaciente. La historia en la canción –desde mi muy particular y probablemente jalada de los pelos interpretación– es acerca de una relación que el señor Banks ha tenido con una mujer muy joven, una niña casi. La lolita tiene el cabello muy rojo y muy bonito (Banks dixit), y además de todo es una experta en el ámbito sexual. Si sucedió en la vida real o no es absolutamente irrelevante, ya que las historias de Paul tienen fuerza literaria por su cinismo y arrojo, y no por el hecho de ser verdaderas.
yeah, one, two, three... do me
Es inútil encontrar una explicación a las líricas de Paul. Es inútil y es humanamente imposible. Muy cómodo –y también muy sensato– sería argumentar que sólo él sabe de qué tratan sus letras. Estoy de acuerdo. Pero también sé que Paul ha sido terriblemente influenciado por Miller y que algo hay de él en todo Interpol.
NARC es la tercera canción en su repertorio de esta noche. Misterio. ¿Es un acrónimo, es una palabra? ¿Siglas? Nadie lo sabe. Y en este punto a nadie le importa, en realidad. Ya perdí a Marijose, ya no veo caras conocidas, ya no sé ni quien soy. Siempre llega este momento, irremediablemente. Inside my bedroom, baby, touch me oh tonight debe ser una de las líneas que más he esperado escuchar en vivo. Lo murmura casi, los labios pegados al micrófono y los dedos a las cuerdas. ¿Qué, se avergüenza de ser tan libidinoso y sarcástico ahora, justo ahora, cuando miles de individuos están al pendiente de cada movimiento suyo? Paul es inescrutable, lo he dicho antes. No se molesta en mantener una conversación con su público. No le interesa, no viene a eso. Y, sin embargo, cómo es alabado por la multitud. Recuerdo un momento, durante Not even jail o quizás Leif Erikson, en que se acercó a la batería de Sam y alzó ambos brazos. Todos lo confundieron con algún movimiento sorpresivo e indudablemente espectacular y enseguida chiflaron y aplaudieron, extasiados. Y sucedió que, en realidad, se estaba estirando. Paul es tan simple y tan complejo.


Subió la marea durante A time to be so small y por unos segundos todos nos sentimos acechadores. En el barco y de noche, en la lujuria de la noche. When the cadaverous mobs save the doors for the dead men, you will not leave. Tanto misticismo y morbidez en la atmósfera y, sin embargo, el ambiente era cálido, rojo. Para el oído entrenado, la canción sería el punto final de Antics, pero no de esta noche. Así que fue ligeramente extraño escuchar a continuación Slow Hands que, para la multitud, fue el ardid necesario para soltar algunas sogas. Yo, lo confieso, permanecía reticente a una avalancha de codazos, manazos, golpes por detrás, por delante y a los lados. Supe que en el World Trade Center dicha pieza fue el detonante de que el piso se sintiera como gelatina. Y, para mi sorpresa, mis vecinos de espacio se concretaron a mover las cabezas y dejarse llevar por los espías de manos lentas. Yo no. He aclarado que los conciertos son para alocarse, para ser egoístas (no puedes evitar gritar y resoplar sobre el cuello de tu prójimo) y perder la cordura. Slow hands se prestaba para eso y más.
ah... qué intenso fue
Un cuadro comparativo será de mucha utilidad para comprender la preponderancia del disco a promocionarse en cuestión, aunque estoy segura de que Interpol jamás nombraría a su gira Antics World Tour, ni mucho menos el sello Matador se prestaría para semejante bodrio:
Next Exit-Antics
Say Hello to the Angels-Turn On The Bright Lights
NARC-Antics
A Time To Be So Small-Antics
Slow Hands-Antics
Public Pervert-Antics
Not Even Jail-Antics
Leif Erikson-Turn On The Bright Lights
Evil-Antics
Obstacle 1-Turn On The Bright Lights
Take You On A Cruise-Antics
PDA-Turn On The Bright Lights
NYC- Turn On The Bright Lights
Stella Was A Diver & She Was Always Down-Turn On The Bright Lights
Roland-Turn On The Bright Lights
El lector avezado descubrirá que la primera mitad del concierto estuvo dominada por Antics, sólo para –cerca del final– darle su lugar al álbum con el que conquistaron a más de diez millares de presentes. Después de Slow Hands, luego entonces, el siguiente tema lógico era Public Pervert, que contiene el solo de bajo más sublime que existe. Yo vigilaba a Carlos, de quien tuve la suerte de permanecer cerca durante todo el concierto. Carlos es el superhombre de quien hablaba Nietzche, mira nomás, sólo que nunca tuvo la dicha de conocerlo. El bajo no es su vida, ni su instrumento madre, pero lo toca como si estuviera haciéndole el amor, como si fuera una extensión más de su estilizado y pálido cuerpo. Pero Carlos se encontraba en otros lares para cuando el solo tuvo el ineludible compromiso de hacer acto de presencia. Estaba cerca de Sam. ¡Maldito Carlos! ¡Me quitaste el regocijo de verte rasgar las cuerdas tú solo, sin acompañamiento alguno! Pero lo he perdonado, pese a todo...
Porque, después de murmurar más frases sexuales y poéticas, Paul dio la entrada a Not even jail, canción de tan cambiantes y multifacéticos tonos como su autor. El juego de luces, si he de entrar en terrenos técnicos, se precipitó en una lluvia de colores que bailaban al ritmo de los cambios. Como si fueran muchas canciones, cada una con su hilo conductor y sus aprehensiones, pero ensamblada sutilmente en una. Not even jail es tan insondable como Paul y tan apoteósica y colosal e intensa como él. Pienso que las cosas que no entendemos son más fáciles de glorificar. En este caso, canción y hombre son conceptos alejados por definición del entendimiento común. Y por ello admirables. Durante un segundo una sola luz púrpura iluminó a Paul en vertical, convirtiendo la negrura del ambiente en un espacio reducido y a su figura en la pieza clave, principal del misterio.

Su voz es apacible y quizás en ello radique la mutabilidad de Interpol. Durante un tiempo estuvo bien clasificarlos como parte del nuevo garage rock y emparentarlos de inmediato con los Yeah Yeah Yeahs, los Strokes, los Walkmen y cualquier otra banda neoyorquina que tuvo la ocurrencia de tocar alguna vez en el Mercury Lounge o en el Bowery Ballroom. Pero Interpol está conformado por hombres que son estrellas y no lo saben, por megalómanos con intenciones diferentes a la trivial y absurda vida de rock star... aunque lo sean y aunque lo vivan. Iba a escribir que no son los típicos integrantes de una banda de rock, pero luego recordé las fotografías en que aparecen firmando autógrafos, bebiendo cerveza y abrazando a admiradoras que los miran de vuelta arrobadas. Están compuestos de contradicciones sutiles como vestirse de traje, no abandonar nunca el ruedo y ser callejeros y ser cínicos y ser hombres, nada más que hombres.
ya decía yo que Daniel y Paul se traían algo
¿o no?
Leif Erikson, según un aire vikingo, confirmó que, efectivamente, vinieron a pagar su deuda. Muchos periódicos nacionales titularon así la reseña de este concierto. Algún reportero con aires creativescos redactó una nutrida y ridícula analogía entre Interpol y, bueno, INTERPOL. Se entiende: les esposaron las manos con una avalancha de rock, pasable, los fanáticos se convirtieron en presos de la banda y llegaron a la cárcel de su música, menos pasable, Interpol, amparados por la legalidad de sus dos discos, pusieron tras las rejas a más de dieciséis mil fanáticos en el Domo de Cobre, que se convirtió en la prisión de esta noche, eso, descaradamente ridículo.
≠
Pero es comprensible. ¿Cómo redactar la reseña de un concierto, sobre todo si de la banda sólo sabes el nombre y el título de sus dos álbumes? Peor aún, ¿cómo redacto la reseña de un concierto compuesto de miles de matices (unos que no recuerdo, unos que no puedo traducir en palabras) y de miles de significados? Atenerse a la memoria, creo.
Leif Erikson es la canción que más amo. Es el punto final de Turn On The Bright Lights. Es la canción con título absurdo y líricas absurdas. She says brief things, her love’s a pony, my love’s subliminal. Era todo lo que pedía.

Unos se quejan porque el concierto estuvo lleno de posers. No me tomo la molestia de explicar qué cosa son los posers porque ni yo misma lo sé. Supongo que el citado epíteto se utiliza para designar a los individuos cuyas acaudaladas carteras les permiten asistir a cuanto concierto les plazca. Aun si de la banda sólo han visto un video con infumable títere como protagonista en Mtv. Hablando de lo cual, durante un momento fue imposible distinguir la voz de Paul, ahogada como estaba por los coros que sentidamente entonaban Rosemaaaaaaary. A mí los posers no me interesan ni molestan en lo más mínimo, siempre y cuando su humanidad no se interponga entre la mía y el escenario o que por su culpable ventaja económica yo no alcance boletos. Por lo demás, me son enteramente agradables. Sobre todo cuando se esmeran por seguir la letra y hacer del horripilante domo de cobre (como lo llaman los quesque saben) un lugarcito íntimo y agradable, donde todos somos bienvenidos.
Evil, ¿será por la semilla del diablo, el temible hijo de Rosemary? Nadie lo sabe e, insisto, no tiene la menor importancia. Paul adorna todas sus canciones con nombres femeninos, de lo sublime a lo grotesco. Stella, Daphne, Rosemary, Sandy. Fuentes altamente confiables han revelado que en próximas composiciones los nombres preponderantes serán Rigoberta, Frida, Marie y Susana. Para mantener el eclecticismo, digo.
él se llama Norman, no Cutberto...
De regreso a lo primitivo, el primer encuentro para muchos con Interpol fue Obstacle 1 y el enternecedor video dirigido por Floria Sigismondi. Nadie podía verle los ojos a Paul y las conjeturas variaban según se hacían más conocidos, aún cuando PDA llegó a México después. Recuerdo la primera imagen que vi de ellos. Así que los ojos de Paul eran así... Raros. Asimétricos. De un azul profundo y poco atractivo. Pero lo eran, por alguna razón asociada con el magnetismo, la física y las feromonas. En ese entonces me pareció tan enigmático e inasequible como aún hoy lo veo. Claro que en el largo trecho que ha transcurrido desde ese día hasta esta época he llegado a conocerlo superficialmente e incluso me he tomado la libertad de regalarle un libro, lo que no es poca cosa. Pero él aún pertenece a otro mundo aislado, al que –creo– ningún otro humano pertenece. Está solo.
el primer encuentro

<---Sigismondi
Las escaleras eléctricas funcionaron y todo lo demás también, por lo que estábamos escuchando frases como you go stabbing yourself in the neck y nos parecía perfectamente razonable. Lo coreamos, incluso las partes editadas en el sencillo y las partes que Paul balbuceaba, exhausto o simplemente excéntrico. Como siempre.
La canción fue ejecutada a la perfección.

Nadie que preste mediana atención –una ojeada rápida, no inquisitiva ni con ganas de interpretar– a las letras de Interpol ha dejado de preguntarse el por qué de la fijación de Paolo con los barcos, el mar, las cubiertas, las proas y popas, el agua y los cruceros. Pero ahí está, en casi todas las canciones. A veces, como sucede en Take you on a cruise, el escucha se cree muy listo y afirma haber desentrañado el misterio. ¿Y qué tiene que ver Fred Astaire con Noruega y un perro de raza extraña con una diosa roja? Pues nada, naturalmente. Pero es música hermosa. Uno de los momentos cúspide, etéreo, sin lenguajes ni barreras culturales. Y triste. Es un tema triste e intenso. The sea will crowd us with lovers at night.
I'm timeless like a broken watch... I make money like Fred Astaire
Muchas veces, en medio de un concierto, anticipo el final. Pienso que momentos así son mejores cuando los relatas con el entusiasmo a flor de piel, y no cuando los vives con un cierto dejo de expectación. Pero luego me reprendo. Y es que es imposible prolongar un segundo, una canción a través de intervalos atemporales y eternos. A veces no te queda nada más que el recuerdo. O piensas que lo que estás viendo es tan extraordinario que quizás sólo cobre vida al momento de relatarlo. He contado esta historia tantas veces que cada vez me parece que la olvido un poco. Y quizás por eso la escribo, para tenerla confinada en un espacio razonablemente asequible, palpable, al alcance de mis manos. Para leerla cuando piense que estoy a punto de olvidarla. Para recordar detalles nimios que se evaporan con una facilidad aterradora.
Y es que PDA fue perturbadora en más de una manera. Por una parte se trata del himno interpolesco por excelencia, inexcusablemente presente en todos sus conciertos. Por otra parte anunció algún anticipado final, que todos nos rehusábamos a aceptar. Imposible notar la hora o más que ha transcurrido. Ha sido tan poco. A pesar de que cada canción es una menos de la lista, ya tan cerca el final.
Doscientos sillones y líneas sensatas y sabias como you are the only person who's completely certain there's nothing here to be into. Y Daniel cantando en los coros. Tiene una manera tan peculiar de moverse mientras toca. Espasmos y brincos imposibles, que más de uno ha intentado imitar. Daniel tiene una energía poco común, con lo que logra una abstracción total durante el concierto entero. Tantas fechas, tantos lugares. Países y continentes diferentes cada mes y cada noche es como si lo tocara por primera vez. Como si estuviera decidido a darlo todo, por una sola noche, por una sola vez.
No puede ser que estén dejando los instrumentos caer y se alejen, las luces apagadas. He tenido la suerte (quizás no suerte, sino el carácter abusivo y escurridizo de quien ha encontrado el rincón perfecto en cierta arena) de estar parada justo frente a la valla, detrás de la cual se yerguen las escalerillas por las que los cuatro suben y bajan del escenario. ¡Otra vez tan cerca! Sus figuras elegantes y garbosas abalanzándose hacia el backstage. Por supuesto que no es el final y eso hasta el menos experto lo advierte. La cuestión era cómo y con qué.
Sam the Man
Por fortuna Interpol posee la grandilocuente y admirable cualidad de sorprender a su público. Nadie lo esperaba y esto lo digo con toda franqueza. Nadie esperaba NYC.
He dicho que no soy dada a la cursilería, pero quizás he mentido. Lo cierto es que me pareció tremendamente emotivo virar la cabeza y observar miles, miles de luces minúsculas ardiendo en la negrura del palacio. Emulaba una ciudad anónima sepultada bajo la noche y las montañas. Quien se toma la molestia de permanecer tres, cuatro minutos con el dedo presionado sobre un encendedor merece mi absoluta y más sincera admiración. Porque yo me he rendido a la música y los instrumentos y la voz, triste y deprimida y solitaria y perdida. But New York cares, se repite y se convence a sí mismo. But New York cares...
...como una ciudad

Dicen que Paul vio un cartel con la citada leyenda en el metro. No. Es cierto.

organización no lucrativa
they care too...
Y es el himno a la ciudad de pavimentos agrietados, de estrafalarios personajes en el metro y locos y putas y todo un arsenal de colorido. Y de edificios y rascacielos, y de bares y de hombres solitarios que gustan de vagar por las noches y sentir cada callejón, cada esquina como suyos, como que el mundo está a sus pies. I know you’ve supported me for a long time. Somehow I’m not impressed… It’s up to me now, turn on the bright lights… Y casi ha concluido la belleza de esta noche, en una ciudad semejante en complejidad, esplendor, recovecos y vida propia. La ciudad de México también respira y estoy segura de que en sincronía con la otra, la hermana. Igual en desgracias y en tozudez y en arte y beldad.
NYC
Ciudad de México
Pienso en Stella y pienso en Un tranvía llamado deseo y en Stanley gritando descarnadamente Esteeeeela y en Tenesse Williams revolcándose en su tumba. Según Paul, Stella era una buza y siempre le gustaba estar abajo. O sentirse abajo. Triste o erótica, da igual. Stella es sólo una.
¿Ya mencioné que el monotema de Interpol es el puro y llano sexo? Pues lo demostraron tocando Stella was a diver and she was always down. Y Paul musitando frente al micrófono, casi imperceptiblemente, she went down down down there, down there for me... right on, so good, oh yeah... Creo que ni siquiera en otras partes de la canción es tan explícito, ni siquiera cuando dice que ella era su juguete sexual ni cuando habla de cierta serpiente azul alargándose al infinito y más allá.
Fue un momento altamente conmovedor.


Como el tiempo es una línea recta con principio y final (o al menos así lo representamos en el mundo occidental y creo que en el oriental también), el concierto llegó al fatídico punto en que ellos, los ejecutantes, y nosotros, los oyentes, conocimos el adiós. Más triste y más feliz. Roland es otra pieza indescifrable, pero finalmente todas lo son. Unas más que otras. ¿Quién se cree lo del amigo barbón y polaco con dieciséis cuchillos que siempre se toma el tiempo de hablar con Paul? O sí. He leído que signor Banks esboza una sonrisita rara mientras toca esta canción, acaso porque sabe mejor que nosotros la tremenda ambigüedad del asunto. Para él no lo es. O la escribió ebrio. He severed segments, secretly you like that. El carnicero, asesino degollador y destazador. Una canción romantiquísima, por supuesto. Y decidieron abandonar el estrado murmurando he was growing on me, como seguramente ellos lo harían en todos nosotros.
Detalles irrelevantes: observé a Carlos liberarse del tirante y del bajo sin abandonar esa mirada y ese gesto sobrehumanos, escalofriantes. Dio la vuelta y bajó las escaleras completamente erguido, sin renunciar jamás a la pose elegante, misteriosa.
Samuel dio dos baquetazos y se levantó de un brinco. Esos ojos verdes, esa pinta de Astaire o Sinatra. Nunca te mentirá, porque es franco y experimentado y tiene los años de mundo y sensatez que le dan la libertad de no andarse con rodeos y escupir las palabras como son. Sam no necesita demasiado espectáculo alrededor de él, porque es apacible y circunspecto. La madurez que enarbola Interpol dentro de un hombre que, de no sentirse cómodo en traje, es porque los ha usado todos y nada le impresiona.
intimida
Pero el querido Sam –cuya batería imprime el sello característico a la banda, nombrado por algunos el arma secreta– ha bajado del escenario corriendo. La camisa a cuadros y de manga corta deslizándose por las escaleras hasta alcanzar un punto inexacto. Su rostro está muy cerca de alguien, pienso.¿Es su novia? ¿Con quién se besa? Preguntas ociosas. Luego descubro, con cierta estupefacción y algo de preocupación maternal, que ha acudido con el enfermero que lo aguarda con una máscara de oxígeno. Es la altura de la ciudad. Ha sucedido antes con músicos cuyos nombres no mencionaré. Y lo observo todo. Casi desfallece, pero se recupera. La mirada de Sam es peligrosamente profunda y casi intimidante. Se escabulle por las cortinas, desaparece de mi vista.
En el escenario, alargando brillantemente la canción, se encuentran solos Daniel y Paul, tocando de espaldas. La muchedumbre aplaude, incrédulos todos de atestiguar la improvisación y el virtuosismo, la genialidad y la jactancia, Daniel y Paul, a dos guitarras.
Paul coloca la suya en el piso. Se vuelve. Es recibido con aplausos y gritos atronadores. Agradece. Ha sido un placer, dice en su español enrarecido y perfecto. Se encamina a las escaleras.
Lo veo bajar. Tan cerca. Veo los bordes de su camisa negra, la muñequera, el cabello revuelto. Veo que alguien se acerca a él, veo que le responde con su acostumbrado misticismo, veo su mirada nublada por otras imágenes perdidas. Y desaparece.
Daniel ha quedado solo, aún de espaldas, y sigue tocando, alargando el éxtasis, el inevitable final. Luego aprieta un botón, hace una maniobra extraña que seguramente sólo un guitarrista experimentado conoce y deja la guitarra en el suelo, sonando. Sola. Y se aleja. Baja las escaleras, se dirige a las pesadas cortinas y desaparece también.
La música no ha muerto. Las luces brillantes se prenden.

La llana paja
• Imagina que no has visto a tu madre en diez años. Imagina que, de pronto, llega el día en que observas de nuevo el rostro que conoces tan bien. Que ha permanecido vivo a través de fotografías, videos, recuerdos. Imagina que lo tienes enfrente y súbitamente ya no es sólo un recuerdo sino una imagen en tercera dimensión. Y que lo miras y sientes como si algo se ajustara en el universo, como si un par de circuitos comenzaran a funcionar de pronto, como si todo estuviera bien, todo está bien. Miras a tu mamá y está bien, está ahí. Ya no ajustada a las peculiaridades y caprichos de tu mente, sino a la reveladora e incuestionable realidad. Es real. Vi a Paul Banks y me sorprendió comprobar detalles que conocía tan bien (sus lunares, sus ojos desiguales) y otros que no podría haber adivinado (su altura, no tan exuberante como pensé; su voz, grave e intensa; su palidez, su forma de caminar, su gentil y educada manera de dirigirse a las personas). Es tan raro él, Paul…
• Descubrí luego que el equipaje (y quiero decir, mucho equipaje: maletas gigantes y estorbosas, estuches de guitarras) y la van blanca que vimos en el lobby del hotel pertenecían efectivamente a ellos. Y aquel rubio de caireles apretados… bueno, él es parte de su staff. Aún pienso que tuvimos mucha suerte. Mucha, mucha suerte.
<---he ahí el rubio en cuestión
• Después de que Daniel regresara del Starbucks y en vista de que nos encontrábamos sedientas, procedimos a la nada acechadora tarea de adquirir unas bebidas frías en dicho establecimiento. El individuo que atendionos me pareció bastante agradable, por lo que pregunté si recordaba al, digámosle, extranjero que acababa de entrar. A juzgar por su perplejo gesto, el mono en cuestión no tenía ni idea. ¿No conoces a Interpol? (ya, gracias a Rosemary todos los conocen), pregunté. De pronto su rostro se iluminó. ¡Con razón se me hizo conocido! No podía creerlo. Yo no podía creer que no lo hubiera reconocido. Armamos tal alboroto que sus compañeros se acercaron y estuvimos comentado por buen rato nuestra aventura, e incluso la gerente (que al principio se acercó con toda la intención de regañarlos) estuvo escuchando disimuladamente. Me contaron que no estaban tan mensos (sic) porque una compañera suya no había reconocido a Tom Cruise. O eso dicen.
• Es que siempre vienen artistas, me advirtió. Me acerqué entonces a observar el estante de los famosos –esperando, desde luego, encontrar firmas de gente realmente famosa– y descubrí con un gesto de inevitable burla… Chamagol, Fher de Maná y Adela Noriega. Gente MUY famosa, por supuesto. Daniel Kessler y Tom Cruise, en cambio, son unos zarrapastrosos irreconocibles.
prefiere
• Por poco pensé que habíamos sufrido el más beligerante y vergonzoso de los atracos, pero luego de recorrer los alrededores del Palacio por una quincuagésima vez… encontré a la señora de las sudaderas. Mientras caminaba pensaba una y otra vez que algo tenía que salir mal, que el día ya había sido lo suficientemente perfecto. Y es que, al momento de advertir el descuido, mi crónica-dramáticamente-actuada-y-contada (Fanny y su amigo Raúl me escuchaban atentamente) se interrumpió de tajo y me obligó a instalarme en un ánimo iracundo, en vez del festivo con el que había iniciado la noche.
• Conocimos a muchas personas y con todos nos mostramos encantadas –Marijose y su servilleta– de compartir nuestras fotos. ¡Ah, qué agradable fue presumir tan bellas imágenes a cuanto interlocutor se prestara! Saludos especialmente gratos a los sujetos con los que departimos durante el número de Los Dynamite. Un émulo de Paul, un menudo individuo de rizos alocados y su amigo cuyo rostro no recuerdo hicieron la espera bastante amena. Ah… y todo por un cigarro.
• Nadie quería ver a Los Dynamite, admitámoslo. Aunque toquen bien, aunque el vocal sea hijo de Paty Chapoy (según las lenguas viperinas), aunque sólo fueron cinco canciones… qué ganas de prolongar el objetivo de la asistencia de más de dieciséis mil personas. Lo que más recuerdo de su número fue el cordial diálogo que un individuo a mi derecha mantuvo con el cantante. Frases tan agradables como mejor véndele celulares a tu mamita, bufóoooooon fueron celebradas por la concurrencia.
• La van nos dejó en el Subway de Boulevares. Tétrico. Subway she is a porno...
spooky
• Cómo olvidar la caminata por las calles de Querétaro, a las tres de la mañana, Fanny y su servilleta comentando lo humanote que es Carlos. Fue emotivo, tremendamente emotivo. Incluso los momentos en que estuvimos a punto de entrar a una iglesia y en cambio decidimos recorrer las calles salpicadas de árboles y coches y uno que otro borracho y su amigo indigente conviviendo alegremente. En una calle aledaña a la mía había una especie de fiesta y recordé haber pensado ¿por qué carajos no me invitaron?, pero luego me cayó el veinte de que los anfitriones eran unos perfectos desconocidos para mí.
dicen que soy un humanote
• Esa noche no dormimos.
• Pero creamos the ultimate logo para Interpol, de ahora en adelante: 0 o. En alusión a los ojos de Paul, pues.
• Si tan sólo Untitled, C’mere, Obstacle 2, The Specialist, Song 7 y The New hubieran formado parte del repertorio de esta noche… Supongo que la imperfección hace las experiencias más disfrutables. Lo ausente, lo excluido. Por fortuna para ellos el paraíso no existe...Y
por cierto 
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