Suomi mon amour
Desde el país más septentrional del mundo, cuya capital fría y a veces fastuosa se antoja lejanísima y casi inalcanzable, cinco finlandeses de nombres impronunciables decidieron embalsamar en una sola imagen el espíritu glamouroso, romántico y fatídico de la muerte. Vimos a HIM (acrónimo, según las malas lenguas, de His Infernal Majesty y surgido del libro "The Satanic Bible" de Anton LaVey) y comprobamos que el infierno sobre la tierra existe... y qué bien se siente.



Conocí a Migè Amour, bajista de HIM y pieza clave para comprender al fin cuál es el motivo de mi paso por este mundo ridículo y adorador de celebridades. Migè es el finlandés más elocuente, ameno, a veces tierno, parlanchín y sin duda extraordinario que he conocido, quizás porque -algo tiene qué significar- es el único finlandés que he conocido. Al menos el único con el que he hablado de viva voz y, no menos importante, incluso besado y estrechado con la emoción y presteza con que se fraterniza a un individuo que admiras profunda y cándidamente. Migè tomaba una cerveza Heineken -ahora sé: la favorita de los músicos famosos- y convivía con Seppo, su mánager, y algún miembro del staff cuyo nombre no menos bello debió ser Jukka, Paavo, Joonas o Erkki. Y el caso es que conversaban plácidamente cuando de subrepticio aparecimos seis individuos ataviados en peculiares y oscuros atuendos, dispuestos a hacer nuestro el sueño de conocer a Migè, hablar con él quizás, intercambiar algunas frases e inmortalizar el momento en pruebas físicas y sustentables: fotografías que jamás nos dejarían mentir sobre la invaluable suerte de quien camina por las calles de Polanco y de pronto reconoce a un tipo como Migè, texana en la cabeza, brazos desnudos y cálida sonrisa en abierto goce de un clima que le parece tropical comparado al suyo helado y ahora tan lejano.


Y sucedió. Migè fue nuestro y en los minutos transcurridos entre el repentino descubrimiento y la fugaz despedida pudo decirse que pisamos los bosques nevados, miramos la aurora boreal y empapamos las palabras en lagos que se pierden entre más lagos y se prolongan hasta el Golfo de Botnia y luego de regreso, convirtiendo la porción de tierra fragmentada por agua en la nación que engendró a Migè, y aún a HIM, y cuyo nombre nos parece sinónimo de lejanía y de distancia inconquistable. Finlandia, el país de los mil lagos (decenas de millares, en realidad) reducido ahora al fulgor de dos ojos azules y penetrantes, pero gentiles y hasta efusivos, que nos miran sin desdén ni sorpresa, que nos miran entre felices y tímidos, buscando una razón que explique el por qué de nuestra admiración hacia ellos y en general la existencia de esa línea entre admirador y admirado, escucha y músico, Migè y nosotros.
Sábado 26 de noviembre. 4 de la tarde. Kilómetro 133 de la autopista México-Querétaro. - Esperé durante una hora entera, pensando a ratos que alguna tragedia había sucedido, que pronto estaría de pie frente a HIM, que había sido olvidada y no llegaría a tiempo. En fin, permanecí sentada escuchando el Dark Light completo, la vista fija en la autopista e impaciente ya, después de haber desechado cientos de teorías pesimistas y poco alentadoras. Y de pronto apareció la van blanca por un costado y supe que mi momento había llegado. Al principio no reconocí a nadie y sentí un ligero temor: la expectativa y el absoluto desconocimiento de lo que vendrá. Pero en disposición completa -iremos a ver a HIM, lo demás poco importa- y sonriente, aventé mi mochila y busqué un lugar. Al fin dos caras conocidas: Fanny y Jorge. Me acomodo junto a ellos y me ofrecen un vaso de sangría (a drop of your blood tastes like wine...) y de manos pálidas recibo un cigarro. Un ambiente hospitalario y acorde a la situación, como es debido. Escuchamos a HIM -el Greatest Love Songs Vol. 666 en vivo, según recuerdo-, y mientras algunos cantan y otros tararean, hay quien prefiere la silenciosa contemplación del paisaje boscoso y a ratos sublime del Estado de México. No sé qué pienso: si en verdad lograremos enclavarnos al segundo concierto o si podré llevar a cabo mi secreto y risible plan de emprender la sinuosa ruta del Salón 21 al hotel El Presidente. Uní los cabos y resolví la sencilla ecuación: los hombres que conforman HIM (me refiero a Ville, Linde, Burton, Gas y -en efecto- Migè) se hospedarían en el hotel más cercano al foro donde tocarían esa misma noche. No se necesita gran astucia para resolver semejante misterio. De cualquier manera, el éxito anterior me daba la suficiente ventaja y no poco optimismo como para permanecer en un apacible y casi soporífero estado durante el trayecto entero, con la confianza de quien se cree poseedor de un as bajo la manga (¿conocer a HIM? No me sonaba tan descabellado). 
Soy desidiosa. Sé que he podido escribir esta historia desde el momento en que sucedió y, de hecho, visualicé cada momento como un párrafo más o un párrafo menos. Pero quizás he querido que los hechos maduren y se apoltronen a su debido tiempo en mi mente, que cobren vida con los días y que eventualmente se conviertan en indiscutibles recuerdos, ahora ya libres de ser manipulados por las palabras. ¿He de decir los pequeños detalles, las pausas, las paradas a media carretera, las risas y el indescriptible y casi agónico sentimiento de saberse ya tan cerca de HIM? Es increíble que un sábado a las cuatro de la tarde no conozcas a nadie y el domingo a media noche los consideres tus amigos, tus hermanos casi. Que las aventuras, los silencios, las esperas y el ahora enorme paréntesis de un fin de semana se conviertan en eslabones indestructibles de una experiencia -sí, una experiencia, cursi y reveladora- que marca tu adolescencia, tu fanatismo, tus idas y venidas de conciertos tumultuosos y profundos.

El señor de la van (leer “Ñor de la Van ” con acento francés, en caso de que se necesite un nombre instantáneo) fue condescendiente y afable en todo momento. Soportó la música atronadora -los gritos y los guitarrazos, quiero decir- con una endeble sonrisa; nos llevó, nos trajo, nos recogió e incluso accedió a dejar la cuenta no abonada en el momento preciso, con la tembleque promesa de que sería saldada en poco tiempo. Cuán equivocados estábamos y también qué ingenuos aún éramos de las prontos cercanías, las únicas que buscábamos: HIM y su música... y ellos sonrientes o taciturnos, pero cerca. Lo suficientemente cerca como para fotografiar a quienes nos parecen héroes (instantáneos) y han formado siempre parte de nuestras vidas; lejanamente, pero ahí al fin y al cabo.

We are the same
We are young and lost and so afraid
There’s no cure for the pain
No shelter from the rain
All our prayers seem to fail
Y los detalles sucedieron, como en todo trayecto y toda van transportando nueve individuos que, aparte de extravagantes, son fanáticos de HIM. No niego que me parece ligeramente cómico compartir este gusto con personas que no conozco y que cada eventualidad me parece tan nostálgica, como si ya no perteneciera a este tiempo. Pero todos ellos son tan afectuosos y al mismo tiempo tan indiferentes, que me parece que en algún punto de la noche comenzaremos a compartir las anécdotas y la euforia, que no estamos tan lejos unos de los otros.
Fanny y Kurt fotografiando uno al otro

Izquierda: Hilda. Derecha: Samael compartiendo los Churrumais
Vayamos al grano. Después de una parada en una gasolinería, tres cajetillas de cigarros y dos botellas de Viña Real, dimos con la dirección exacta. La recordaba vagamente, no el lugar en sí, sino la apariencia y las personas y los recovecos y algunos otras impresiones halagüeñas. Otros finlandeses y unos punketos, pero hoy sería HIM y de eso se trataba todo el asunto. Por supuesto que esperaba encontrar la más variopinta fauna congregada a las afueras del salón y con anterioridad tomé mis precauciones: vestimenta rojo catsup (no sangre) y ni un signo que pudiera confundirme con algo que no soy, aunque con el suficiente encaje para no sentirme como una extranjera en mi propio país. Las gothiqueces no se me dan, pero me agradan, por alguna extraña razón. Hay algo tan trágico y bello en esa estética que me seduce, pero no me atrapa del todo. En mi diccionario, gótico es sinónimo de arquitectura medieval y europea, no de un modo de vida y por eso me parece ridículo encumbrarlo con hostias y alharacas. Pero no me importa, naturalmente, y recibo con los brazos abiertos cualquier émulo de Edward Manos de Tijera, siempre y cuando su eterna pesadumbre no se convierta en un descarado peso sobre mis hombros.
≠
Y no me he equivocado, sólo que esta noche nos topamos con todo tipo de personas, lo cual está bien, está muy bien. Pero antes... el ineludible encuentro con el revendedor.
hay que pagar un precio...
600 pesos después y nueve boletos en total, estamos listos para entrar. La fila. Obstáculos a vencer en esta chabacana carrera por ver a HIM. Conversamos, hacemos bromas, nos saltamos unos lugares (¡trampa, trampa!), guardamos propaganda del concierto de Bauhaus (removido del World Trade Center, por razones más que evidentes) y en general no hacemos más que amenizar la de por sí tediosa espera. Uno va aprendiendo con el tiempo a asegurarse de sólo dos cosas importantes antes del inicio de un concierto: el boleto (que compré con suficiente antelación y después de una semana de trabajos forzados) bien resguardado en el bolsillo trasero y, ya adentro, la completa certeza de que la vejiga está cien por ciento vacía. Gajes del oficio, no menos importantes que elegir la indumentaria adecuada: cómoda y templada. Calzado alto, pero no molesto. Rostro despejado. Detalles nimios, pero de vital importancia una vez que sientes el tórax oprimido y la avalancha de empujones, golpes y pisotones tan característicos (y a veces tan anhelados).
¡Listo!
Sólo me importaba encontrar a Helena. Habiéndola conocido tres años atrás, me parecía perfectamente razonable que el destino se encargara de ponernos frente a frente, después de algunas ausencias, muchas conversaciones en dos idiomas, una Metal Hammer transatlántica y la promesa de ver a quien sólo conoces por un foro de internet, el HIMclub (que ahora me parecía tan lejano e ignorante de los avatares que nos sucedían: cuántas caras debían estar congregadas ahora). Al principio no pensé que fuera tan difícil; después de todo, el Salón 21 no es exactamente grande. Pero entramos y la gente se dispersó, los rincones se llenaron, la parte alta recibió a los que prefieren observar un concierto sentados en una mesa y bebiendo un martini o una cerveza helada en vaso escarchado, y pronto comprendí que encontrar a Helena no sería una empresa fácil. Recuerdo decirle a Fanny “mi misión es encontrar a Helena; avísame si la ves”. Ella sólo reía e inspeccionaba el lugar con ojos inquisidores. Los nueve nos separamos, a ratos encontrándonos en el baño, o en las esquinas, o al pie de la entrada, con la espera inquieta a flor de piel. Ensayamos algunas posibles tomas con la cámara fotográfica introducida de contrabando, comparamos el mejor lugar y el mejor flanco: izquierdo o derecho, etcétera. En medio era irremediablemente imposible: gente loca sin respeto por sus propios pulmones se había amontonado en la ya clásica posición aprieta-tripas, de la que no pocos desmayados sobreviven. En fin, la experiencia me había enseñado a buscar el mejor ángulo sin sacrificar mi salud.
<---es real
<--- exacta revista traída desde Europa, gracias a Helena
Ahora los nueve eran conocidos: mi grupo. Vengo con ellos, aunque trabajosamente recuerde sus nombres. Pero ya unos departen: Hilda y Kurt, pareja no poco andrógina que espera sentada junto a Fanny, Jorge y yo. Samael (¿acaso era el ángel que abandonó el Paraíso y traicionó su divinidad convirtiéndose en Satanás? No lo sé, es bíblico) y su prima Janet, de quince años y, según Fanny, doble de Gerard. Edgar y Alejandro, que deambulan alrededor de la pista y de ellos no se sabe nada. Pues aquí estamos, a punto de perder la civilidad y el buen gusto. Bienvenidos sean codazos y rodillas prestas a abrirnos espacio entre la multitud.
Poco a poco nos escurrimos entre la manada, sigilosamente, como quien no quiere la cosa. Ahora la valla está casi de frente y el escenario se impone a unos metros, inerme y hasta místico. El enorme Heartagram de tela, las guitarras reposando a un lado, el teclado pulcro y estático. Hombres del staff, ¿será que su aspecto escandinavo es de plano fácilmente reconocible o que quizás yo he inspeccionado su anatomía en incontables veces? El caso es que él (a quien nombraremos Mika por el puro y llano placer de compararlo con Mika Waltari y, evidentemente, con Migè y Burton) permanece de pie y recargado en una bocina, no mirando de frente a las gargantas profundas que sólo saben gritar HIM, HIM, HIM y que no se contentan con saber que esto de los gritos no sirve de nada cuando hay una hora específica para el inicio de un concierto (que en este caso era las 8 en punto y de la cual nos separaban ya breves minutos).
chaca chacán...
Cuando desaparece Mika... bueno, una señal debe ser. Si no, ¿qué otro sentido tendría este hermetismo y repentina ausencia? Me deslizo unos centímetros más, procurando por supuesto no molestar a los vecinos que pronto terminarán alucinando mis gritos y mi insoportable voz acompañando cada línea y cada frase.
Y las luces se apagan.
La oscuridad parece un empellón invisible que sacude a la multitud hacia delante. Miles de manos con los dedos abiertos y gritos ensordecedores que de pronto nublan la vista y el oído. Veo, entre humo y sombras, las siluetas de cinco tipos que se acomodan en cada extremo del escenario y recogen su instrumento. Una guitarra en solitario y las primeras notas de una canción que, aunque nueva, es HIM y se siente como HIM. Miles de voces corean Rip Out the Wings of a Butterfly, algunos acaso seducidos por los caprichos de la televisión por cable y la indudable influencia de la música introducida con calzador por Mtv. No me importa, lo aseguro. No soy seguidora ardiente que acepta sin recelo cada nuevo disco. No es una obra de arte, pero me gusta. Y es que me gusta HIM y estoy segura de que cada nuevo disco me gustará, quizás por costumbre, quizás por lealtad. Ya es parte inherente de mi vida, de mi historia. HIM no es una banda nueva ni improvisada y no han sido mágicamente presentados a América por gracia divina o por la misericordia de Bam (a quien no mencionaré más durante mi relato): cinco discos de estudio, compilaciones y más de quince sencillos que no prueban nada, y no pretenden demostrar nada a quienes cantan al hilo this endless mercy mile, we’re crawling side by side. Aún se siente como el viejo HIM, aquel metalero y hasta elegante, que apelaba a la sexualidad y sufrimiento desmedidos.

Fotos: Meridius (Alex)
Right Here in my Arms parece decir “esto siempre ha sido HIM”. En verdad, la tinta roja se corrió durante los coros susurrantes y entrañables que nos devolvieron la batuta a quienes siempre hemos seguido a HIM y recordamos la navaja y la tragedia, la sangre, el pecado y la muerte. Los símbolos que representan la antigua significación de una infernal y masculina majestad (o el Razorblade Romance con su portada rosada y el torso desnudo de Ville). Ahora sólo es HIM y basta. Basta con las canciones -clásicos innegables- de épocas pasadas y un Ville femenino y maquillado hasta la saciedad, sentado en su castillo de hielo y sufriendo en dosis refinadas y medidas (this happiness is killing her).

Ville es trágico e insinuante. E indiferente, casi esquivo. Oculta su rostro entre el micrófono y las manos blancas y largas, siempre inquietas. El gorro negro y la mirada perdida nos impiden observarlo de frente, adivinar sus expresiones, conquistar dos ojos verdes que de profundos atemorizan e intimidan. Desgarra su garganta y apenas lo escuchamos, pero la música es potente, sin parafernalia más allá de los propios acordes que tumban y retumban. Pienso “sí, esto es un concierto de rock”, sin desdeñar a los pasados ni reducirlos a meros recitales de musiquita agridulce. Pero suenan tan bien, lo juro. Dominan la música que tocan, quizás porque ello es su oficio y lo único en este mundo que tienen que hacer bien, pero es que lo hacen estúpidamente bien. No recuerdo emocionarme tanto con la potencia del metal gótico, género ya reducido a remembranzas preparatorianas y atisbos de adolescencia tardía. Pero HIM me transporta a esos lugares y me asesta el golpe mortal: perder la cordura con riffs exagerados y voces de ultratumba.

Su nuevo tatuaje: el rostro del poeta finlandés Timo K. Mukka
Y, naturalmente, la bomba explota al reconocer Soul on Fire. ¿Pensé que estaría en el repertorio? Desde luego que no. Pero me equivoqué -todos lo hicimos- en las predicciones al vapor. ¿Qué caso tiene construir un set-list de mentira mientras viajas de Querétaro al DF? Pensamos que serían correctos y recurrirían a los sencillos, a la preponderancia de Dark Light, a lo humanamente comprensible que compone a las giras. Pero no. There’s a flame that leads all souls ashtray. Somos como los muertos vivientes y sacrificamos todo lo que tenemos por un alma en llamas. Bonito, muy bonito, y además intenso. Linde oculta la fragilidad de su cuerpo con movimientos temerarios. Luce como un Bob Patiño rubio y seductor, y sus ya larguísimas rastas crean una barrera entre su entrega y la nuestra. Toca la guitarra con fuerza -la música emitida como prueba- y parece que sólo tamborilea los dedos rítmicamente. Sus hombros tersos se alargan delicadamente hasta sus manos, tan delgadas, tan pálidas, tan virtuosas y reservadas. Veo a Burton de espaldas -veo sus tenis converse color rojo- y el cadencioso movimiento de la pelvis y el tórax hacia el teclado. Creo que Burton es como un indio cherokee de sedoso cabello lacio, tan finlandés y al mismo tiempo tan hispano y moreno, tan atractivo. Lo veo lejano y sólo aprecio su rostro cuando se hinca para limpiar el sudor de la frente con una toalla –y remueve los lentes oscuros y pasa la tela por sus ojos– y de nuevo se levanta y desliza los dedos por las teclas y hace sonidos y efectos, como un silbido fantasmagórico y desaforado.
Fotos: Meridius (Alex)
Linde alguna vez tuvo el cabello lacio...
Todo un agreste...
Y Migè... es tan entregado e impetuoso. Es un auténtico desparpajo, gesticulador y danzante, vaquero de mentiras, músico de esos que te hacen sentir buena onda, que nada más verlo y te cae bien. Entre los recuerdos confusos, hay alguno, quizás revuelto y equivocado, en el que le doy un codazo a Fanny (¿todavía no nos perdíamos, como es la costumbre?) y le digo que Migè ha engordado. Comentarios superficiales, pero inocentes cuando realmente no te importa si la rehabilitación es poco atractiva o no. Es Migè, después de todo. Con él las cosas no se toman en serio, son trágicas pero con humor negro, son tristes pero ahogadas en risas. ¿Quién diría que sólo unas horas después estaríamos conversando con él, con todo el bochorno y la torpeza que te da ser un fan, pero felices por haberlo conocido? Ahora lo veía lejano, como producto de la casualidad o el error. No, mi plan se diluía lentamente en las aguas de la rectitud y la flojera. Mejor debía pensar el modo de conseguir el boleto para el concierto del día siguiente, y no perderme en divagaciones en torno a mi recién adquirida afición por conocer estrellas. Buen tema de conversación, pero no podía ir más allá.
Soy bonito, sí...

Otro inconveniente de elegir un costado determinado es no poder admirar con plenitud a todos los miembros de la banda. No si son cinco y se reparten en puntos cardinales poco vistosos. O sea que Gas Lipstick, fanático de Motörhead y el más propenso a aparecer en un huateque como el Ozzfest, me era a ratos inapreciable e incluso totalmente invisible, lo que calentó mis entrañas. Los pesos que uno se gasta y las penurias que soporta, para que al final sólo veas el borde de una bataca o alguno de los tres bombos con la H , I o M, según. ¿Qué le haría? Nada, pero al otro día observaría su cráneo desnudo de cerca -tan cerca que invitaría al tacto- y me alegraría de apreciarlo mejor casi al final (¡ambas veces!) cuando se levanta y hace reverencias al público que aplaude arrebatado. Gas es un tipo bastante tratable. Sí, lo sé a pesar de nunca haber intercambiado una palabra con él (pero le alcé una ceja y parte de la otra, y eso no se compra con nada...)
para el que lo dudara...

No me queda claro si HIM hizo famoso a Chris Isaac (alegato enfurecido de seguidor de Chris Isaac) o Chris Isaac hizo famoso a HIM (alegato enfurecido de seguidor de HIM), pero Wicked Game suena mejor con estribillos rockanroleros, por ridículo que esto suene. Lenta está muy bien, pero metalera sabe mejor (y es que el Greatest Love Songs Vol. 666 es un disco -irónico que sea el debut- con mucha influencia del metal noventero y las suficientes ínfulas góticas como para ser imprescindible). No es una sorpresa, pero es recibida cálida y efusivamente. Es una lástima que a ratos no se escuche la voz de Ville: pelea y lanza miradas fúricas al probable ingeniero de sonido, que debe permanecer apocado al otro lado. ¿Micrófono o problemas técnicos del lugar? ¿Voz de Ville o presunta borrachera? Dicen que balbuceó unas palabras en finlandés. En realidad lo dice Helena y he de confesar que al principio lo pensé también. Incluso recuerdo reflexionar que si el inglés no es su idioma natal, ni tampoco lo es del auditorio, entonces no tenía caso recurrir a él como medio de comunicación. De todos modos las diferencias culturales -e idiomáticas- eran patentes, ¿por qué no saludar y agradecer en su lengua, sopesando así la indiferencia o efusividad de quien lo escucha? Me parecería razonable que un mexicano, ya en el clímax de su presentación, dijera “gracias” a un público finlandés, indiferente para entonces de los formalismos del gastado “thank you Mecsico”. Por otro lado, los rumores indican que de veinte presentaciones, quince han tenido problemas de sonido, lo que resulta en suma sospechoso y hasta preocupante. Pero apelemos a las estadísticas y no a la inexistente mediocridad del Salón 21 que, afirmo por la experiencia, nunca ha sonado tan mal como hoy. Y no quiero culpar a HIM porque... porque no se me da la gana. No se me da la gana arruinar el júbilo y la sincera alegría de escucharlos en vivo. Así que, en lo que a mí concierne, ignoraré en lo sucesivo las fallas técnicas y me concentraré en las emociones y los títulos, las líneas, los párpados que se cierran de ensoñación, los discos y el raudal de recuerdos que traen consigo.

what a wicked thing to say: you never felt this way...
Under the Rose no me trae recuerdos memorables, salvo la tarde no tan lejana en que escuché el Dark Light por vez primera, después de una indigestión de comida china (fatalidad que de lúgubre no tiene salvo la burla implícita). Yo confieso, ante Seppo todo poderoso, que he pecado al relacionar la Navidad y las campanitas con el Dark Light y su edificio postrado en el océano. Y ahora me explico: en realidad fue la canción que da título al disco. Me pareció tan... pues tan linda, tan brillante como las series navideñas. Titilante, de colores pastel. Me dije “¡HIM se unió al club de los Optimistas!” y luego reparé en tan cruel broma, buscando ese antiguo sentimiento de desolación al que me había acostumbrado en los discos anteriores. Lo encontré, es cierto, pero no es momento de revelarlo. Y Under the Rose habla de hielo y de invierno y de hojas secas y demás elementos cien por ciento navideños, que no dejan de parecer paradójicos. Se dice que Santa Claus habita en Laponia, lo que me parece absolutamente comprensible. Y es que HIM me recuerda tanto a la Navidad , me recuerda a los copos de nieve y a los lagos helados, a los renos y los paisajes nublados. ¿Y no es eso HIM, en realidad? ¿No es HIM Finlandia y no por el contrario, como solemos pensar?

Navidac, Navidac. Ya llegó la Navidac
Under the Rose fue un momento de transición. La aprecio -tiene algunos momentos memorables- y la disfruto, pero no se compara, ni siquiera ínfimamente, con lo que a continuación se presenta.
Join Me In Death ahogada por un millar de voces.

Es un himno. Para mí, la primera canción. Y la revelación de miles de posibilidades. Creo que el amor es trágico; siempre lo es. Pero se necesitan agallas para entregar la vida por él, con promesas tan vagas, tan poéticas y tan insidiosas. Nunca parece una opción, hasta que lo es. Nunca suena prudente, ni siquiera viable, hasta que lo es. Nunca piensas que son invitaciones estúpidas, que el amor después de la muerte no existe, que no tiene caso entregar el cuerpo a las huestes enemigas. Nunca lo piensas hasta que compras de primera mano esa sensación tan radical y sediciosa de otorgarle al amor -amor, suena tan absurdo dicho así- la posibilidad de hacer de tu vida un papalote. Y eso, generalmente, es una soberana idiotez para el resto del mundo, que te mira con un dejo de burla mientras tú has dispuesto las venas para lo que venga. No hay nada más breve que el amor, ni nada que duela más. Ah, podría escribir de ello, pero no puedo. En fin, el silencio es el testigo. Join Me In Death fue mi himno.

Sería bellísimo vivir la vida así: embebidos por la estética fúnebre de HIM y verlo todo con grisura y fatalidad. Imposible, no por la innegable existencia de la felicidad, sino por la imposibilidad misma de una vida tan negra y tan sombría. Al menos, no aquí. No cuando los atuendos negros te hacen sudar la gota gorda, no cuando las festividades te arrancan de tus oscuras meditaciones, no cuando no hay nada sensato ni sensible que te ate a estas vidas de submundo. Seamos honestos: México no está para estos enredos. Por eso me parece curioso el fenómeno que HIM incita. ¿Y por no pertenecer a su ambiente y terruño estamos imposibilitados para disfrutar de la música? Joo, sí podemos disfrutarla. Pero luego despiertas y comprendes que las circunstancias son ligeramente más realistas, que no todo es sangre o paraíso. Los amé porque antes de saber todas estas complicaciones -antes aún de siquiera considerarlas- su propuesta me sonaba alternativa, casi rebelde. Estamos en contra de la salud y las buenas costumbres. A los dieciséis años te parece un hallazgo. Y un prodigio que sea posible la vida al filo de la muerte, el amor malsano, las heridas como monumentos. A menos que uno nazca con tragedia en las venas, lo cierto es que después de una vida aceptablemente normal semejantes nociones son totalmente atrayentes y casi adictivas. Te dan ganas de vivir en la línea amoral, desafiar a los que creen en el amor puro y verdadero, convertir la carne en un lienzo y la navaja en la tinta. Conceptos tontos, sin duda, después de un tiempo y superadas ya las desolaciones de vivir en la marginación. Y lo bello, lo realmente bello, es que después de unos años miras atrás -miras tus congojas, tus miserias- y agradeces que música como la de HIM haya servido de tan adecuado soundtrack. Lo único que lamentas -y lo lamentas en serio- es que entonces no hayas tenido la oportunidad de asistir a un concierto de ellos y sublimar de una vez por todas la explosión de la pesadumbre, celebrarla como si fuera motivo de beatitud total. Pero piensas que, bueno, un par de años después la flama no se ha apagado del todo y que al menos puedes disfrutar de las canciones que tanto te hirieron sin la necesidad de sufrir encarnizadamente y ahora con la absoluta certeza de que el horizonte es mucho mejor. O menos trágico, menos ridículo, menos puberto.
This world is a cruel place
and we’re here only to lose
so before life tears us apart let
death bless me with you
Join Me In Death
A veces me siento con la obligación de aclarar y defender ciertos aspectos de HIM que no me parecen del todo elegantes o respetables. ¿Pero a quién engaño? Son estas ridiculeces -lo sobreactuado, lo áspero, lo casi barato- las que me impelen a adorar a HIM: los detalles de mal gusto que jamás fueron pensados a propósito, que son naturales. Sí, son elegantes. Son como una puta elegante y distinguida, y por eso me gustan. Pero, además, son mutantes. No podría imaginarme una postal que definiera el significado absoluto de HIM. A veces dibujan escenas tan bellas que casi duelen, a veces concedo que me parecen arte, que son arte. Y quizás porque con ellos viene la imagen de una lejanía inalcanzable, porque representan con su solo acento y color de piel la distancia que de origen los separa, quizás por ello distingo la genialidad que otros se niegan a encontrar y la perfección que otros más insisten en ver. A su medida, HIM es como una droga discreta y poseedora de caros enigmas. Te seduce, como te seducen las palabras, los susurros, las caricias furtivas. En fin, de pronto adviertes que has sido atrapado y que ya eres súbdito de las cortinas guindas, los ropajes de terciopelo, los relatos célticos, la plata incrustada, la palidez enfermiza. No quieres, no te convence. Pero te enganchan, te clavan sus dagas de oropel -te parecen ridículas-, te invitan a un festín tremebundo. Es una cárcel, sí. Pero cada quien entra por cuenta propia.
Y Ville sabe de putas...
No quise leer ninguna reseña ni mirar fotos siquiera. Llegué virgen al concierto, sin idea de lo que vendría más allá de las conjeturas que elaboramos durante el trayecto. Jorge dijo que It’s All Tears estaría incluida y enseguida rebatí su tesis. Y tuvo razón. Y Poison Girl y Razorblade Kiss. ¿Lo imaginé? No, a pesar de que las cartas estaban puestas. Venían tocándolas fechas atrás. ¿Lo sabía? No, y agradezco a Alá por la ignorancia. Agradezco que reconocer las primeras notas haya sido una referencia sorpresiva. Que pensar en esa música sea como pensar en el HIM que no existió, en el que vivió antes que yo y antes de que los venenos-de la lujuria, de la pesadumbre, de la creación- me intoxicaran. A veces pienso que el HIM de antaño fue el mejor y que es una lástima no haberlo conocido en su inocencia absoluta, pero aún con la navaja me conquistaron.¿Me habría decepcionado al haber sido descubridora impotente que observa la decadencia paulatina de su música? No, sería definición rebuscada. Ha sido bueno conocer a HIM por etapas y a destiempo. No he estado desde el principio y me alegro. Son el tesoro con preciosos antecedentes, con pasado ávido de descubrirse.


Canté muchísimo. A veces no escuchaba la voz de Ville y cantaba más fuerte, suplantando con mi eco el vacío insoportable de sus labios que se movían y no decían nada. A nadie le importaba, en realidad. Algunos gritaban igual que yo y juntos construíamos la resonancia de las canciones, los versos y las líneas. Otros permanecían en silencio, exhaustos de los gritos atrapados en sus tímpanos. Recuerdo perder el aliento una y mil veces. Respirar atropelladamente, preguntándome qué carajos me había robado la energía. Esa sensación tan intimidante y perdediza de mirar cientos de nucas enardecidas e impetuosas y dejarte ir, como un papel, como hojarasca. Suspender el cuerpo tan liviano y para entonces tan maleable. De pronto abstraes los recuerdos y los sonidos y todo son imágenes nebulosas e impenetrables. Avanzas unos centímetros, quizás movida por el ímpetu de los cuerpos que se arrojan unos contra otros y tú en medio como una hoja, como una bolsa de papel.


Describiré cada canción como una gota de sudor más, como un cuarto de hora más, como cinco hombres que a fuerza de los minutos y las pausas conoces más y más, dejan de ser extraños y se convierten en tus semejantes, en esos músicos cuyas figuras te son tan familiares y tan normales. Brincas y descubres un ángulo diferente, un cierto dibujo en la camisa, una costura, un detalle invisible para los demás, un grado de cercanía que te une irremediablemente a ellos. ¿Sensibilidad o ridiculez? Play Dead me gusta muchísimo, mi punto cumbre en Dark Light. No estoy acostumbrada a ella (no ha pasado más de dos estaciones conmigo) y probablemente por eso la encuentro tan melodiosa y agradable, y hasta dulce. Es también irónica, según descubrí minutos después, ya en el frío de la noche y afuera, sentados todos en los bordes de la banqueta. Jorge se desmayó justo durante esta pieza. I play dead to hide my heart until the world gone dark fades away... Fue el incidente cómico de la noche, vaya. No para los implicados, lo acepto, pero fue cómico en su medida. Todos reímos y brindamos por la anécdota, que el reino de los desposeídos se apodere de nosotros.
el ataúd es mercancía...
Tocaron los extremos de dos épocas. La primera antigua, la segunda reciente. Y ambas hermosas. Your Swet Six Six Six y Killing Loneliness departiendo en el espacio y tiempo como si ocho años de distancia no significaran nada. Ya he dicho que no tengo la obligación de excusar a HIM de ningún modo, y quizás por ello soy libre de decir que la influencia pagana es parte inherente de su música. Imposible negar la cercanía de Finlandia con naciones de Europa del Este, que mucho le deben al mito nórdico y a la tradición escandinava. Alusiones repetitivas al número de la bestia (el disco contiene 66 pistas que en total suman 66:06 minutos; sólo 9 y media son de audio y el resto son tracks silenciosos), al Infierno de Dante Alighieri, al Cuarto Círculo, al purgatorio e incluso al politeísmo (Ville se refiere a los dioses, en lugar de a Dios) se convirtieron en conceptos evidentes que relacionarían la música de HIM con el satanismo. Y ello me parece entrañable. Que Ville se redima lamentando su falta de fe, y que abra los brazos en recibimiento del seis seis seis... es absolutamente razonable. HIM es un concepto, alimentado por el entorno ávido de oscurantismo que, en parajes tan distantes como el suyo, es resultado directo de la cultura y el folklore. Nada tiene que ver con una enfermiza afición por la sangre y la muerte: en HIM estos conceptos cobran legitimidad y gravedad, como el que crece de frente a un cementerio y pronto venera la lápida y el rosario, objetos comunes y familiares como la vida y la luz. Pienso que si Ville sigue atormentado por la decisión de perder su alma, hay otra parte de él que se aferra a esta vida tan timburtonesca, ebria y sacrílega, donde él es nada menos que una estrella de rock que afirma preferir la sangre y el cuerpo de Cristo. Qué ironía...
(Nailed to a cross together as solitude begs us to stay...)


Durante Poison Girl desfallecí: el punto intermedio donde el silencio hace mucho que terminó y el final es aún borroso. A estas alturas, nada me importaba la compostura o la empatía. ¿Cuántos arañazos, cuántos cabezazos y cuántos brazos entrelazados? Incontables. Es curioso, porque mientras brincaba y movía la cabeza, mi brazo derecho se encontraba prensado entre la multitud y alguien había confundido mis dedos con los de alguien más. E insisto, ¿importa acaso? Fue natural compartir el momento con un extraño, cuyo rostro jamás conoceré ni distinguiré al pasearme por el bar del salón. Pero toda una canción permanecimos tomados de la mano, lo que no deja de ser perturbador. Y fortuito, casi ridículo.
A prey she was for the cruelty of love
While its serpent inside crawled straight towards her heart

Por último, Love Metal y Dark Light en dos canciones cada uno. Vampire Heart y Behind The Crimson Door, y después Buried Alive By Love y The Sacrament. Durante las primeras notas de piano, la multitud enardecida gritó y alabó la existencia de música tan bella y luminosa, porque The Sacrament es la unión de los kimonos y las catedrales, del resoplido de ultratumba como película de Frankenstein y de bosques nevados e inmensos. El amor es frágil y perecedero, según Ville, y sólo un santuario lo protege. Pero el amor también cava tumbas, el amor te sepulta vivo, el amor te esconde y te hace un vampiro, el amor, el amor...
¿Vampire Heart?
The Sacrament is you...
El amor te impide creer que sea el final. Que el rincón por el que se escabullen sea el verdadero fin de la música, por esta noche. Aunque nunca me alarmo, al menos no la primera salida. Pienso que regresarán, que tienen que regresar. Aprovecho el momento para recargar mis energías, buscar a mis acompañantes, respirar entre la masa. La oscuridad es como una máscara defectuosa. De improviso descubres a la rubia de medias rayadas que minutos antes esperaba junto a ti, fumando sus Camel de cuclillas sobre la alfombra. Delante de ti está el púber de rizos y bráquets que crees reconocer de conciertos atrás. Luego una pareja, ambos escurriendo sudor de la frente y abrazados como lapas. La masa es heterogénea. Pero cuando los cinco tipos regresan, los cinco finlandeses por los que toda la masa se encuentra reunida... pues, bueno, la masa se desintegra y se pierde de nuevo, como cuando te familiarizas con el coche vecino durante un alto y luego lo pierdes, ya ambos corriendo por la autopista. Así que todos nos abalanzamos y nos perdimos (luego podremos vernos de nuevo), y quisimos sujetar la materia abstracta de la música en vivo, del juego de luces, de lo anaranjado que luce el escenario.

Regresaron con The Funeral Of Hearts y entonces supe que el final era ya inevitable. Siempre hay un sencillo que te obliga a pensar que el concierto seguirá por al menos media hora más, que si no lo han tocado es porque aún hay más por escuchar. Pero con The Funeral Of Hearts (y el modo en que, según algunos, Ville pronuncia cruel tea en lugar de cruelty) era claro que las canciones inexcusables estaban borradas todas de la lista. Logró arrojarnos contra la pared, de cara a la luna y a la historia mundana de un amor que mata, porque el amor es el funeral de los corazones y una oración a un dios ciego y sordo. Los árboles nevados, la fogata en el lago. The Funeral of Hearts y una tipa delante de mí que logra desprenderse de su brassiere y lo lanza al vacío, sin éxito (cae en algunas filas delanteras, cerca de los guaruras). . Así que sólo queda esperar la cereza en el pastel, la sorpresa con que adornarán este concierto del que aún un incierto sabor de boca aguarda. Cantemos, cantemos, pues no sabemos con qué nos dejarán.

Y nos dejaron con Poison Heart, lo que completaría la noche del siguiente modo:
Rip Out The Wings Of A Butterfly-Dark Light
Right Here In My Arms-Razorblade Romance
Soul On Fire-Love Metal
Wicked Game-Greatest Love Songs Vol. 666
Under The Rose-Dark Light
Join Me In Death-Razorblade Romance
It's All Tears-Greatest Love Songs Vol. 666
Killing Loneliness-Dark Light
Poison Girl-Razorblade Romance
Your Sweet 666-Greatest Love Songs Vol. 666
Play Dead-Dark Light
Razorblade Kiss-Razorblade Romance
Vampire Heart-Dark Light
Buried Alive By Love-Love Metal
Behind The Crimson Door-Dark Light
The Sacrament-Love Metal
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The Funeral Of Hearts-Love Metal
Poison Heart-The Ramones Cover
De pronto descubrí que el concierto había terminado y que aún tarareaba fragmentos de la canción (‘cause everybody has a poison heart...), incrédula de atestiguar que las luces ya se habían prendido y que todo mundo caminaba en múltiples direcciones, unos comentando detalles del concierto, otros exaltados por encontrarse al fin. Fanny me tocó el hombro y con la mirada acordamos encontrarnos en el rincón donde habíamos esperado una hora antes. Caminé segura de no perderla más y, cuando volví el rostro, había desaparecido. Malhumorada, me dirigí al baño y entonces comencé a reconocer las caras, los peinados, los grupos y subgrupos. La señora que tejía sentada detrás de su puesto de dulces me pareció tan inverosímil: concierto histórico y ella enfrascada en su chambrita. Pero junto a ella yacía tentadorsísimo un Sprite a medias y recuerdo haber pensado que en esta vida no había tesoro más caro y anhelado. Entré, me lavé las manos y encontré a Fanny, encontré a Hilda, encontré a Jorge, exhaustos y sedientos todos. Pero felices. No hay nada que se parezca más a la felicidad, creo yo. No hay nada parecido a esa sensación irreal de arrastrar los pies (mi suela izquierda se había partido en dos) y en general el cuerpo masacrado y, sin embargo, sentirte pleno y satisfecho. Como una brisa helada que te cala los huesos, pero ¡ah! qué gelidez tan bienvenida.

En el vestíbulo me topé con los demás. Alejandro y Edgar habían atrapado la toalla con que Linde se limpió el sudor... esa clase de memorabilia inconseguible. ¡Y olía a cerveza! Pero olía bien, lo juro. Unos metros al lado el púber de rizos y bráquets le rogaba a un fortachón de seguridad (ataviado en su inconfundible camisa verde fosforescente) que le regalara una de las batacas que el musculoso se había apropiado. El otro le rogaba y éste se negaba imperturbable. Llegaron sus amigos a hacerle segunda y debo confesar que me pareció un espectáculo conmovedor. El púber tenía un tonito de voz cantado, de niño bien pero rogón. Por fa, ¿qué te cuesta? Ándale, no seas malo. Y el tipo intransigente que le decía “ya mejor ahuequen el ala” (u otra invitación a retirarse del lugar por el estilo). El chavito no debía tener más de catorce años, pero su insistencia me pareció cabal y estoica. Finalmente no lo consiguió, y de nuevo me topé con él en la calle, sentado en la banqueta y derrotado, absolutamente derrotado.
una toalla sudadada de recuerdito...
le foggtachóng
Pero mi misión era encontrar a Helena. Adentro, afuera. En un rincón lo suficientemente visible, con alguna seña distintiva que me hiciera reconocerla en el acto. Tantas caras, tantos cuerpos en embestida, como manadas de velociraptors cazando la última playera o taza decente (y barata).
Y no la encontré...

Unos minutos después esperábamos al señor de la van a las afueras del salón, comentando trivialidades y gastando fotografías en poses ridículas. Supongo que aún no nos caía el veinte y por eso permanecíamos tan despreocupados y bromistas. La sed: asunto de vida o muerte. Recordé una vecindad al costado del salón y allá emprendimos la aventura; en el lugar había una fiesta de niños con inflables y bebidas varias. Recorrimos el chorizo que hacía las veces de patio y no encontramos más que puertas cerradas y una señora recomendándonos infiltrarnos más al fondo, donde ni la luz artificial llegaba. Desistimos y regresamos, ahora con hambre y sed (un puesto de tacos en la esquina resultó una cruel tortura a nuestros sentidos oculares y olfativos). Por fin encontramos una tienda detrás de los puestos de mercancía piratona (la playera, la sudadera, la taza, la pluma, el poster y, si buscas bien, el autógrafo) y para alcanzarla tuvimos que sortear toda suerte de obstáculos: un grupito de darkies tomando Gatorade, una colosal vendedora de playeras y unos chavos punks montados en sus patinetas. Debe ser un negociazo expender bebidas frías después de los conciertos; quizás por ello el señor es tan amable y sonriente: veinticinco brocas en total. De lujo.
<---el paraíso
Rudeza al 100%. Ajá. Izq.-Der. Yeca, Janet, Samael, Jorge, Kurt, su servilleta


Samael, Janet y Jorge, afuera del concierto...

Kurt y unos tipos que salieron por ahí y acá con Hilda... L'amour!
Y después me perdí, según recuerdo entre imágenes confusas y borrosas. Hice un tour por el mercadito improvisado, ya saben, cotejando los precios y la calidad de los productos, preguntando, regateando, insistiendo en que tal o cual prenda resultaba muy cara. Por supuesto que no compré nada, pero el placer de hacerla de tos es incomparable.
comprar tiene su chiste
Enfrente del Salón 21 hay un bar gay y supongo que tan colorido ambiente terminó por incidir en nuestro ánimo.


Alex y Kurt. Alex y Edgar. Fanny y su servilleta
Después de una hora llegó el señor de la van, tan amable como siempre. No es que no me haya preocupado por el suelo donde dormiría esa noche, pero es que hasta este momento conocí a las encantadoras y hospitalarias señoritas que nos darían alojo. Entramos todos a la van (mal) y asaltamos los restos de Sabritones que no habían sido devorados aún. Y también le dimos aventón a unos novios incautos que habían sido abandonados por su autobús: en el metro San Joaquín se bajaron y vimos sus siluetas perderse por las escaleras. Seguimos adelante, discutiendo el set-list, lamentando las omisiones, previendo las canciones de la noche siguiente. No, no me emocioné al pensar en el segundo concierto. Sin boleto y sin dinero, poco se puede esperar de la próxima noche. Recuerdo que semanas atrás habíamos acordado talonear al día siguiente y que si era necesario inventaríamos el cuento de que veníamos de Culiacán (o cualquier destino igual de lejano) y que nuestro autobús nos había dejado; pero para ello necesitábamos conseguir uniformes de colegiales bobos y extraviados. En fin, de alguna manera se arreglaría este embrollo.

Más cigarros cortesía de Samael y una parada en un súper de pasada. Excedí la dosis de todo un año, que usualmente es de tres cigarros, porque para entonces llevaba más de cinco. Nada que un café de olla -ya instalados en la casa- no pudiera arreglar. El Ñor de la Van acuerda pasar por nosotros a la una de la tarde (y yo pienso “¡es muy tarde, no llegaremos al hotel!”, pero callo porque mi plan está todavía en fase embrionaria y ultrasecreta). Frío implacable. Asaltamos la casa de Yeca y Diana, cada quien adueñándose de un sillón y una cobija. Los papás de Hilda la recogen y perdemos un miembro honorario. Otros vasos de Viña Real, luego una taza de café y una plática interminable sobre los asuntos más bizarros y ridículos. Pimpinela, Ren y Stimpy, enciclopedias andantes, embalsamar en finlandés, huoranpenikka y su correcta pronunciación (y Gina pregunta que de dónde soy y Alejandro contesta que de aquí y ella pregunta que dónde me conoció y él dice que en este momento, e intercambiamos palabras en finlandés y reglas gramaticales y cuestiones filológicas y demás temas amenos y divertidos). Divagamos en torno a la filosofía de la vida: vino frío o café caliente, suelo o cama, quién entra al baño, quién no, qué frío hace... esa clase de tópicos profundos y esclarecedores.
.-Izq.-Der. Su servilleta, Jorge y Fanny mostrando los boletos -que yo no tenía, sniff sniff-
Janet, Kurt y Samael escuchando las sandeces (debrayes, los bautizaron) que comentamos...
Para las cuatro de la mañana hemos hablado de una tonelada de cosas y en realidad no hemos dicho nada. Pero ése es el punto, perder los minutos mientras escuchas Peeping Tom (y recuerdas Guadalajara y tus brincos atroces) y duermes con Jack Skellington o haces los cuernos del drogas, sexo y rocanrol. O peleas con el de al lado porque no quiere ir a acostarse a la cama, o porque ronca en tu oreja y no puedes conciliar el sueño. Parloteamos y poco sabíamos de lo que nos aguardaba, pues todos estaríamos extraordinariamente cerca de HIM y además tendríamos la posibilidad de asistir a su segundo concierto. Sí, qué maravillosa e increíble es la vida...
¡Dormimos con Jack!
Domingo 27 de noviembre. 7 de la mañana. Despertamos. No es resaca, es más bien esa desubicación repentina de abrir los ojos y no reconocer ni el techo ni las paredes, ni mucho menos el sujeto que yace a tu lado apuntando peligrosamente un hilo de baba en tu dirección. Tampoco los papás de Yeca se esperaban abrir la puerta de su cuarto en la mañana y toparse en la sala con un sujeto por demás extravagante sentado en una silla y sin haber dormido más de dos minutos. Pero cordiales como son, ignoraron la escena (ahora reconozco que formábamos un grupo poco ortodoxo) y salieron a correr y a comprar el desayuno. Yo permanecí en la litera, escuchando las conversaciones (Edgar y Alejandro discutían sobre los ronquidos de alguno de los dos y finalmente no se pusieron de acuerdo sobre quién era el culpable). Me levanté y dije algo como “a lo mejor fui yo”, aunque sabía muy bien que no había sido yo. Los que prefirieron dormir en el sillón la estaban pagando caro: espaldas masacradas y ni un segundo de sueño decente.
No Tan Dulce Despertar


